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Sáb, Nov
3 minutos de lectura ( 512 palabras)

Limpia, fija y da esplendor

Entre las múltiples actividades de mi vida diaria, no se encuentra la que voy a relatarles, pero en ocasiones, la vida nos pone en situaciones dignas de una comedia, no sé si de Almodóvar o del más puro cine italiano de los años 50.

 

Mi relato será breve, aunque imagino que intenso tanto por el tema a tratar como por los ingredientes que lo rodean.

 

Por motivos que no vienen al caso, el pasado sábado me encontré en la obligación de tener que hacer uso de los productos de limpieza de los aseos de mi restaurante.

 

En definitiva y para no dar mas rodeos, me tocó tener que limpiar los baños del mismo tras un viernes bastante movidito en el local.

 

De repente, me vi inmersa entre cuatro paredes un poco estrechas con mis guantes de látex, mi estropajo y el bote de lejía con detergente dispuesta a dejar aquello como los chorros del oro.

 

No tenía prisa, pues aún quedaban unas horas antes de que los clientes hicieran sus incursiones tanto en la degustación de un buen café, como en el pequeño placer que supone en ocasiones relajar los esfínteres.

 

Tengo que reconocer que no era para mí un buen comienzo del fin de semana, aunque el hecho de no ver , en esta ocasión me ayudó muy mucho para no tener que observar algunos residuos no precisamente radioactivos pero sí tremendamente humanos.

 

Como por mi condición de ciega, pertenezco a la asociación Retina Madrid y ésta organiza en nuestro restaurante un club de lectura y teníamos para este mes al Otelo de Shakespeare, aproveché la ocasión para intentar equilibrar la balanza escuchando el audiolibro mientras me dedicaba al noble gremio de la limpieza.

 

Fue como recordar lo ocurrido en “La Divina comedia” de Dante Alighieri, en donde el florentino visita el paraíso, el purgatorio y el infierno.

 

En éste último me sentía yo, hasta que Otelo y Desdémona inician su relación amorosa y Yago, pone en marcha sus insidias e injurias malintencionadas contra la angélica joven que acaba siendo estrangulada en brazos de su marido Otelo, un “celoso inducido” que remedia su mal suicidándose.

 

Comprenderán pues, que a medida que los hechos iban sucediéndose, mi estropajo iba frotando con mas fuerza hasta llegar a dejar ambos aseos como una patena.

 

Habiendo finalizado mi trabajo y a Shakespeare, un hombre de edad lo suficientemente importante como para poder valorar el resultado, me dijo:

 

- ¡Vaya señora!, ¡Si se pueden comer chuletas en este suelo!, a lo que yo le contesté muy agradecida:

- Muchas gracias señor, pero preferiría que lo hiciese en una de las mesas del restaurante.

 

Es la primera vez que he conjugado dos actividades tan dispares, pero no podría asegurar que será la última vez que ocurra. En todo caso, si en alguna ocasión sienten que están a punto de tocar el infierno, no duden ni un momento en recurrir a Shakespeare o a cualquiera de nuestros clásicos, les aseguro que funciona.

 

Lupe Iglesias

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