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26
Sáb, Nov
5 minutos de lectura ( 937 palabras)

Dos cartas de amor

A los veinte años
 
Estepona en otoño
 
Amor mío:
 
Esta será la última vez que recibas noticias mías. No. No protestes. Te estoy oyendo decir que no te amenace, lo que sería admitir que te asusta la idea de no volver a saber de mí; cuando lo que te preocupa realmente, casi diría que te aterra, es lo contrario. Y si no, eres el mayor actor de la Historia.
 
Cuando, hace unos días, disfrutaba del encanto de esta tierra (Málaga es siempre un encanto; pero, en otoño, más), a mí me faltaba algo.
 
Cuando rodaba por la deliciosa carretera de la Costa del Sol, hechizada por la sinfonía de verdes que envuelve un halo dorado, como si las hadas hubieran dejado caer sobre el paisaje el polvo de sus alas, a mí me faltaba algo.
 
Cuando, contemplando el magnífico espectáculo de este Mediterráneo risueño y brillante que, de repente, torna sus azules luminosos en grises amenazadores y cárdenos violentos y, desatada su desproporcionada furia, levanta olas aterradoras para calmarse, de nuevo, tan súbitamente como se enfadó y vuelve a reír más alegre que nunca… No digo más bello porque aún no he podido decidir si le prefiero alegre o ceñudo. A mí, me faltaba algo.
 
Cuando, muerta de miedo, conducía hacia Casares bordeando el precipicio. A mí me faltaba algo.
 
Y, también me faltaba algo cuando, tras haber subido poco menos que a gatas, hasta las ruinas de la iglesia antigua, admiraba bajo el vuelo de las águilas, reinas de aquéllas alturas, toda la majestad de la serranía malagueña, escuchando el silencio elocuente de las cumbres.
 
A la caída de la tarde visité el Puerto de la Duquesa. ¡Me encantó!
 
Era esa hora bruja en la que todo rezuma misterio.
 
Las blancas construcciones sombreadas por airosas palmeras. El último rayo de sol pintando reflejos en el mar. El olor a nardo que inundaba el ambiente…
 
Por un momento creí que algún sortilegio me había transportado al mundo de las Mil y Una Noches…
 
Pero, a mí, me faltaba algo.
 
Más tarde, perdida en el dédalo de callejuelas perfumadas que es Estepona, a mí, me faltaba algo.
 
Por fin, una mañana que saltaba por los acantilados, disfrutando como una virgen pagana de la pureza cristalina de un mar espumeante que cabalgaba entre los escollos cuan fantástico Pegaso, me confesé que lo que me faltaba eras tú.
 
Entre todas las miradas admirativas (los andaluces saben hacer, con solo mirarla, que una mujer se sienta la más guapa del mundo) yo buscaba, sin encontrarla, la mirada seria de tus ojos negros. Entre todos los piropos que brotaban a mi paso, intentaba percibir, sin conseguirlo, la rotunda dulzura de tu acento castellano.
 
Y, cuantos más motivos tenía para sentirme feliz, más me dolía tu ausencia.
 
Y supe que, si no estabas conmigo era porque no querías.
 
Y si no necesitas estar a mi lado. Si te sobran mi cariño y mis caricias, mejor que me aleje de ti.
 
Sigue tu camino triunfante. No voy a echarte de mi corazón. No podría. Amo amarte, tanto como te amo a ti.
 
Si, algún día, cansado de aventuras y triunfos, vuelves como Peer Gynt, a tu aldea añorando el calor de unos brazos amantes, yo estaré esperándote. Porque soy tan tonta como Solveig. Como todas las mujeres del mundo.
 
Angélica
 
A los cuarenta
 
El Escorial. Crudo Invierno
 
Hola querido:
 
 
Me enfrento al ordenador para relajarme contándote cosas. Porque no te imaginas el día que me han dado los Consejeros.
 
¿Por qué deberé contar con ellos, si la única que tiene ideas, soy yo?
 
No saben más que poner dificultades y dudar de la conveniencia de cualquier innovación. Por más que sea palpable la necesidad de llevarla a cabo. ¡Qué cabezotas!
 
Me han fastidiado tanto, que te he añorado hasta el punto de salir disparada para contártelo todo… ¡Nooo, cariño! No se te ocurra cabalgar en tu Audi para venir a consolarme.
 
Sería demasiado, después de lidiarles a ellos, aguantar tus rollos de futbol. Que, a mí, también me gusta; pero es que lo tuyo es demasiado.
 
Además, tienes que cuidar de los niños. No debes ni pensar en llamar a tu madre, ni a la mía, para que se ocupen de ellos. No sería justo. Comprende que las abuelas se inventaron para malcriar a los nietos. No para educarlos.
 
Cuando yo vuelva a casa harta de Consejeros. Agotada de torearlos, necesito encontrar un amante esposo y unos hijos encantadores, muy besucones, que se estén sentaditos leyendo. No una manada de fieras.
 
Aquí, cuando pierdo de vista al coro de ancianos (aunque alguno es más joven que yo), no me haces ninguna falta. De veras.
 
Ahora, bien abrigada porque hace un frío que pela, saldré a pasear por La Lonja. No te imaginas lo que relaja contemplar el Monasterio, iluminado por la luna llena, que asoma entre las desnudas ramas de los árboles y deslizarse, lentamente, al abrigo de sus muros.
 
Después, tomaré algo caliente en aquel restaurante, tan agradable, que está situado en el lugar en que estuvo la tramoya del teatro Carlos III, en que cenamos nuestra primera noche.
 
Mientras el guapo camarero que nos regaló una preciosa colección de dibujos taurinos, me sirve un sabroso plato de nombre teatral, distraeré mi imaginación pensando en ti.
 
Adiós, amor. Te quiero más, cuanto más lejos te tengo. Tuya siempre.
 
Angélica
 
Por Mª Jesús Polo
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