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Sáb, Nov
4 minutos de lectura ( 773 palabras)

El inquietante sonido de la Berrea

Hay sonidos que nos transportan a lugares y momentos desconocidos pero que todo ser humano sabemos hemos vivido en alguna de nuestras anteriores vidas no recordadas pero que impregnan nuestro ADN y que al oírlos no podemos por menos que sobrecogernos al pensar que hubo un tiempo en que alejados de las comodidades tecnológicas que nos rodean al día de hoy vivimos otra vida más natural y salvaje, en que esos sonidos nos eran cercanos y familiares y que compartimos de manera natural.
 
Me refiero a ese sonido solícito y provocador que los ciervos en las dehesas y monte duro de nuestros campos de España cuando finaliza el estío y comienzan a despuntar las primeras lluvias de otoño mojados sus lomos despiertan ese deseo animal irreprimible y natural de reproducirse, de dejar la semilla de la propia especie haciendo perdurar y dar continuidad a la vida.
 
Otros sonidos, otros cantos animales distintos, pero de igual potencia he tenido el privilegio de oír y con ello volver a recordar lo que nuestra tecnológica vida a veces trata de ocultar, y no es otra cosa que somos animales, sí animales, animales evolucionados, inteligentes -lo que a veces llego a dudar- pero animales que igualmente, aunque de manera distinta gritamos y manifestamos nuestra propia y genuina naturaleza animal.
 
Siempre he pensado la suerte, tal vez porque me ha interesado buscarla, de localizar y oír esos broncos gemidos que esos magníficos animales ungulados producen para comunicar deseos primarios de advertencia, miedo, auxilio o celo.
 
Feliz sería si algún día tuviese el privilegio de oír igualmente el agudo sonido que emiten las ballenas en su maravilloso canto de comunicación en el cortejo y apareamiento, así como en tantos otros momentos en que tratan de transmitir sus experiencias, deseos y porque no también decirlo, sentimientos.
 
Y de los mares profundos a los ardientes desiertos, donde en noches cerradas y cuajadas de estrellas, con esos cielos luminosos carentes de nubes y contaminación alguna que el desierto nos regala, pueden también oírse extraordinarios e inquietantes sonidos.
 
Gramar, que deliciosa y sonora palabra que desconocía cuando por primera vez oí como el rugido del león, el sonido grave que emiten esos musculosos cuellos de los dromedarios llamando en la noche a los componentes del clan familiar que tras en andariego caminar de decenas de kilómetros ramoneando los tristes y menguados brotes de agreste y dura retama tratan de pasar en cálida unión familiar la oscura noche, no cejando en tan demencial mensaje hasta conseguir reunir la sangre en cálido y reducido espacio para volver a salir en diáspora al siguiente día al despuntar el alba, tras reparador descanso para regresar noche tras noche a la sorda llamada familiar para un nuevo descaso.
 
La berrea del venado en libertad es otro sonido ancestral y majestuoso, tal vez más fácil y cercano a nuestra vida en las ciudades.
 
En el mes de septiembre sobre todo tras las primeras lluvias, si por fortuna nos acompañan, antes del veranillo de San Miguel, el campo y el monte arbolado donde todavía, ya en grandes fincas cercadas en cotos de caza, ya en las grandes reservas de muchos de nuestros numerosos parques nacionales, se llenan de bravos y amenazadores sonidos de atracción y deseo, advertencia y desafío, de cientos de venados que con las hormonas en plena ebullición braman durante horas haciendo saber en kilómetros el deseo del que quiere y no tiene y del que tiene y no está dispuesto a compartir.
 
Así este último fin de semana de septiembre, he tenido el privilegio de ser invitado a una finca en la provincia de Cáceres, donde aún continúo cuando esto escribo oyendo en noche cerrada y obscuro manto, los temibles bramidos que no acierto a comprender pueden emitir con tal energía y potencia estos vigorosos herbívoros.
 
Y pienso con inusitado placer el pasar la noche en largas horas de feliz desvelo y vigilia imaginado el terror que envolvería a nuestros lejanos parientes de remotas épocas, en obscuras noches tan solo ligeramente iluminadas con el fuego de una hoguera y al débil amparo de una cueva, el oir sonidos no tan amigables y que bien comprenderían su devastador mensaje de otros muchos animales no ya tan pacíficos, sino voraces carnívoros reclamando su vital ración de comida diaria.
 
A veces pienso lo higiénico y necesario de bajar a la arena de vez en cuando y enfrentar con valentía e imaginación tan vitales sonidos dejando un poco galopar libremente nuestra mente en saludable recuerdo de otras vidas pasadas mas en comunión con nuestra propia naturaleza.
 
Antonio J. Mérida
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