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Vie, Dic
7 minutos de lectura ( 1490 palabras)

El código ético militar

"El oficial cuyo propio honor y espíritu no le estimule para obrar siempre bien vale muy poco para el servicio..."
Art. 14 Reales Ordenanzas
 
Si algo adquiere una relevancia excepcional para el hombre de armas, esto es sin duda el honor y el espíritu militar, como lo fuese en épocas pretéritas la reputación, ese concepto publico que  podía tenerse del individuo.
 
Son bien conocidos los versos de Calderón "...aquí, en fin la cortesía, el buen trato, la verdad, la firmeza, la lealtad, el honor,  la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y vida son caudal de pobres soldados..."
 
El honor militar constituye por si mismo una sólida cualidad moral que le impulsa al cumplimiento de su deber con honestidad y corrección. Así reza el lema del Instituto Armado de la Guardia Civil, "El Honor es mi Divisa".
 
El honor, la justicia y la moral son pilares de la disciplina castrense, que cincela y normativiza su propia conducta en todos los ámbitos de su vida ya sea esta personal o profesional.
 
El militar debe hallar en el honor el estimulo necesario para cumplir sus obligaciones, deberes y responsabilidades en todo momento.
 
Como decía A. V. de Vigny "el honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar".
 
En consecuencia podría decirse que el honor militar transforma al hombre de armas en un ser virtuoso elevándolo a un estado moralmente superior.
 
Como toda institución viva formada por seres humanos, los ejércitos de todos los tiempos no pueden estar ni ser ajenos a las corrupciones y vicios propios de la naturaleza humana.
 
Es por ello que han existido ya desde lejanos tiempos, militares moralistas que han intentado mediante sus escritos enderezar y sanear comportamientos viciados.
 
Destaquemos así a Gerónimo de Urrea, autor de "Dialogo de la verdadera honra militar" o Marcos de Isaba, que publicó el "Cuerpo enfermo de la milicia española".
 
Ambos dentro del cuadro sombrío que relatan destacan siempre la gloriosa y heroica figura del soldado español.
 
Ya ese gran marino de Felipe II que fue Martín de Padilla primer conde de Santa Gadea escribía sobre el hombre de armas lo siguiente:
 
"No cumple con ella, ni puede llamarse soldado, el que no tuviere el mejor de todos los estados; porque ha de parecer, en obediencia, virtud y devoción, al religioso; en el valor, largueza y verdad, al caballero; en el amor y prudencia al padre de familia; en la discreción y elocuencia a los muy sabios; y en la diligencia, vigilancia y paciencia, al buen marinero".
 
Otros autores militares moralistas del S. XVI fueron Diego García de Palacios, con sus "Diálogos militares" y Juan Giner de Sepúlveda, que en su obra "Dialogo sobre la conveniencia entre la disciplina militar y la religión cristiana", enumera como virtudes del soldado, la honradez, el valor y la humildad.
 
La conducta y el bien hacer del hombre de armas ha estado en todos los tiempos normalizado y codificado  a través de manuales de comportamiento ejemplar.
 
Históricamente se denominaba ordenanzas al conjunto de normas que sistematizaban el régimen de los militares en sus variados aspectos.
 
Ya en el S XVI ese gran soldado y lúcido escritor que fue el riojano Sancho de Londoño que, comenzando como simple soldado portando una pica, acabó tras un impecable "cursum honorum militar", como maestre de campo mandando el heroico tercio viejo de Lombardía, escribió entre otras muchas y brillantes obras y a petición de su protector el duque de Alba un notable manual de conducta militar "Discurso sobre formas de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado", tratado este, que dio origen a posteriores códigos y ordenanzas para el soldado español de infantería.
 
De este esforzado e insigne militar se vinieron a decir los mayores elogios que un soldado pudiese recibir en vida, así se dijo de él por el duque de Alburquerque "...porque tengo yo en tanto a sola su persona como a toda la infantería...",  o el duque de Sessa que aseguraba se trataba de "...el mejor soldado de toda la monarquía...".
 
La sistematización normativa del comportamiento militar, fue sobre todo fruto del esfuerzo  borbónico ya en el S. XVIII.
 
Las ordenanzas sancionadas por el rey Fernando VI en 1748 para la armada, y posteriormente en 1768 por Carlos III para el ejercito, así como para la armada en lo que fuesen compatibles con las suyas propias regulaban aspectos generales y profesionales, pero también trataban de principios éticos que debían "presidir el comportamiento de los militares", como señala el preámbulo de las actuales ordenanzas de 2009.
 
Muchos de estos principios, reflejados en esos textos, siguen en pleno uso y vigor incorporados como sólidos valores tradicionales castrenses en nuestro texto actual.
 
La codificación de los valores éticos que deben presidir en el hombre de armas, la podemos remontar a momentos muy lejanos en la historia de España.
 
Ya en el S.XIII el mallorquín Ramón Llull escribió un libro de gran difusión en su época, el "Libro de la orden de caballería".
 
Comienza explicando el porqué de la necesidad del oficio del hombre de armas, del caballero.
 
"Faltó en el mundo caridad, lealtad, justicia y verdad; comenzó enemistad, deslealtad, injuria y falsedad, y de ahí nació error y turbación en el pueblo de Dios........... y así fue elegido y escogido un hombre más amable, más sabio, más leal y más fuerte, y con más noble espíritu, mayor instrucción y mejor crianza que todos los demás...... y por eso convino que el caballero por nobleza de corazón y de buenas costumbres, y por el honor tan alto y tan grande que se le dispensó escogiéndolo y dándole caballo y armas fuese amado y temido por las gentes y que por el amor volviese en caridad y cortesía y por el temor volviesen verdad y justicia".
 
La codificación ética del comportamiento del guerrero no es solo fruto del llamado mundo occidental.
 
El bushido shoshinshu o código del samurái fue escrito en el siglo XVII por Taira Shiquesuke, erudito confuciano y científico militar para educar y preparar para las armas a los caballeros novicios, estableciendo un código moral de comportamiento caballeresco e instrucción militar.
 
En este texto de más de 300 años vienen escritas obligaciones y deberes tradicionales que todo hombre de armas debe obedecer y acatar.
 
Partiendo del principio básico de la muerte, puesto que toda vida humana "se parece al rocío del anochecer y a la escarcha del amanecer que se consideran frágiles y efímeros" se articula una filosofía de cumplimiento de deberes de lealtad y piedad filial.
 
Se dice que entre las instrucciones que el gran héroe Kusonoki Masashige dio a su hijo Masayuki, estaba la de "acostumbrarse siempre a la muerte".
 
Así dice este manual de comportamiento que al ocupar los hombres de armas una posición superior deben estudiar y adquirir amplios conocimientos acerca de los principios de las cosas, debiendo de aprender a leer y escribir literatura clásica.
 
Para el hombre de armas es esencial mantener el espíritu combativo en mente en permanencia, pues un guerrero que lleva dos espadas al cinto pero que no alberga en él, el espíritu combativo, no es sino un campesino o un mercader en la piel de un guerrero.
 
Y continua diciendo que nunca hay que ofrecer un aspecto descuidado, ni siquiera al compartir un cuenco de arroz, ni una taza de té, por el contrario hay que leer, practicar caligrafía y contemplar historias antiguas o releer antiguos códigos guerreros.
 
El código actual del hombre de armas español son las reales ordenanzas de 2009 y en él se exigen valores tradicionales como el "sacrificio," es decir abnegación inspirado en el sentido del deber, "lealtad" o cumplimiento y exigencia de fidelidad y honor, "disciplina" u observancia del principio de obediencia, "austeridad" basada en la moderación de los sentidos y pasiones, así como "abnegación" o sacrificio personal de voluntad, afectos e intereses, en interés general, profesional o altruista.
 
La historia nos demuestra que el hombre se ha preocupado por diferenciar sus propias actitudes.
 
No podemos hablar de comportamiento moral sin la existencia de la verdad, de ahí su gran importancia.
 
Toda verdad conlleva una honestidad, valor este que debe de presidir todo comportamiento en la vida del profesional militar así podemos decir que la milicia constituye un apostolado y reservorio moral para toda la sociedad de la que ella misma es parte integrante.
 
Por último, digamos que la profesión del hombre de armas exige la observancia de un código de comportamiento ético como una forma de consolidar su propia condición profesional.
 
El código en definitiva no es sino un excelente medio de clarificar las situaciones que puedan de alguna manera comprometer su propia ética profesional.
 
Antonio J. Mérida Ramos
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