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Sáb, Dic
3 minutos de lectura ( 679 palabras)

Tres, dos, uno… ¡NAVIDAD!

Poco frío en el banco de costumbre, a la espera de mi taxista de cabecera. Por si no te has dado cuenta, hoy es 22 de diciembre y, aunque hace meses que los supermercados nos venden polvorones como si el mundo se fuera a acabar, hoy podemos decir que comienzan “oficialmente” las Navidades.
 
Como todos los años, tú y yo llevamos un décimo a medias. Tendría que haberme negado a comprarlo este año, en justo castigo. Y no por la polémica de si el anuncio debía haberse hecho en España o no, eso lo dejamos para otro martes a la intemperie. A mí lo que más me cabrea es que volvemos a las andadas: la tonta creencia de que una imagen (con música) vale más que mil palabras. Con lo bonito que fue el del año pasado: con sus diálogos, sus ambientes y ese café a un euro, tan difícil de encontrar ya…
 
Que yo reconozco que la música escogida es increíble, “Nuvole bianche”, de Ludovico Einaudi, una maravilla. Pero, ¡por Dios!, ¿es qué nadie se plantea que los anuncios también los vemos los ciegos? La música se siente pero no se ve. Y no me vengas con eso de que en “Fantasía” sí se ve, porque no son horas de ponernos metafísicos.
 
No se puede hacer un anuncio en el que no se diga ni una sola palabra y pretender que nos llegue a todos. Señores publicistas, la audiodescripción (como ya sucede con los subtítulos) ya está aquí, es una realidad y les aseguro que pueden usarla sin miedo a perder frescura y efectividad. ¡Prueben, prueben! ¡Repetirán!
 
A estas alturas, estas reivindicaciones no deberían tener que hacerse. Pero es que en Navidad se desborda la creatividad y pasa lo que pasa, como en los anuncios de perfumes, que de por sí ya son un mundo aparte. En estos se habla poco y, encima, cuando lo hacen es en inglés, francés, italiano... A mí ya me cuesta hablar en castellano con un mínimo de fluidez, menos aún para manejarme en otros  idiomas. (Gracias, reformas educativas de los ‘90).
 
Sin embargo, hay honrosas excepciones. Excepciones que, con una buena música, un buen slogan y una buena voz, nos crean ilusión que, al fin y al cabo, es lo que busca la publicidad.
 
Te hablo de un anuncio de turrón, pero este se escapa de ser “el clásico”. Es evocador y tierno, con una frase de cierre que te arranca una sonrisa. Y es que siempre es efectivo apelar a que saquemos el niño que llevamos dentro. Y más aún cuando el locutor nos sabe lanzar la frase cargada de intenciones.
 
La verdad es que no sé qué historia se esconde en sus imágenes, ni falta que me hace porque, como lo haría un niño, cada vez que lo escucho, invento una historia distinta para esa voz. Y es que, a veces, hay voces que valen más que mil imágenes y esta es una de ellas.
 
Debería plantearme tirar de contactos y averiguar quién es el dueño de esa voz, para cambiarle el turrón por unas cañas conmigo… ¿Qué? ¿Qué pasa? ¡De algo me tiene que servir mi trabajo!
 
Vale, vale… Volvamos a nuestro décimo, tú tranquilo que está a buen recaudo. Si nos toca, pienso llevarte a un sitio lejano que no hayas visto nunca, para estar los dos en igualdad de condiciones...
 
Mi taxista de cabecera ha llegado, silbando villancicos a pleno pulmón, con un gorrito de Papá Noel sobre el salpicadero. ¿A qué no me equivoco?
 
Me voy, pero nos veremos al año que viene: para explicarte cómo es vivir en mi mundo, para contarte los nuevos eventos a los que quiero que me acompañes, si localicé al tipo del turrón para tomarnos esas cañas, o de lo primero que se nos ocurra en este ratito fugaz en el que te sientas a mi lado, en mi banco, y la espera se hace más corta.
 
¡Felices Fiestas!
 
Nos vemos.
 
Lucía.
 
Texto: Cat Yuste
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