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Sáb, Dic
8 minutos de lectura ( 1546 palabras)

La olvidada constitución de Bayona

"...Conozcamos nuestra historia y conoceremos nuestro presente"
 
Antonio de Cepeda
Hace unos años cuando se celebraban los fastos del bicentenario del manifiesto, pronunciamiento o declaración de Móstoles que dio comienzo al alzamiento en Madrid contra la ocupación napoleónica y con ello el inicio de lo que vino a llamarse Guerra de la Independencia, escribí unas notas sobre lo que hoy nuevamente vuelvo a llamar la atención, la muy denostada cuando no olvidada Constitución o Estatuto de Bayona de 1808.
 
Y vengo a hacerlo porque ya entonces como ahora, se sigue lamentablemente olvidando cuando se habla o se celebra -como hace tan solo unos dias nuestra actual Constitución de 1978, elevada como no podía ser de otra forma a fiesta nacional-, este antecedente histórico y legislativo de ella, tan fundamental y sumamente importante.
 
Aunque pueda ser políticamente incorrecto, es necesario porque así fue y ocultarlo entiendo una villanía, hablar y asumir que hubo otros españoles peyorativamente denominados “Afrancesados”, que en aquellos años de incertidumbre, contradicción y fanatismo, optaron honestamente por la paz, las luces y la modernidad, sin que sus actos fuesen como se les tacho en su tiempo y, aun se les recuerda de antipatriotas.
 
El Jovellanos que sale del castillo de Bellver se encuentra ante un dilema, el grave dilema ante el que debieron optar los ilustrados españoles en 1808: El Patriotismo o el Afrancesamiento.
 
Y él optó tras no pocas dudas por el Patriotismo.
 
La carta dirigida a su amigo el banquero Cabarrús resume su decisión final:
 
“Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que sostiene mi patria…España no lidia por los Borbones ni por Fernando, lidia por sus propios derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión por su constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos; en una palabra, por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos…”
 
Pero no todos los ilustrados fueron tan afortunados y vieron como Jovellanos las cosas tan claras. Políticos como Urquijo, O’Farel o Miguel de Azanza, o escritores como Fernández Moratín, Marchena, Lista o Meléndez Valdés, así como mas de dos millones de españoles que según el valenciano Francisco Amorós, prestaron el juramento de fidelidad a José I, hermano mayor de Napoleón, proclamado Rey de España el 4 de Junio de 1808.
 
La conducta mezquina e indigna en Bayona de los Borbones, tanto del padre como del hijo, e incluso ya antes en los actos que desencadenaron el Motín de Aranjuez o la Conjura del Escorial facilitaron la decisión movilizando definitivamente las lealtades de muchos españoles que quizás se dejaron llevar, hoy es fácil criticarlo mas de doscientos años después, por el torpe y engañoso paternalismo del entonces líder francés.
 
Así, algunos se dejaron seducir por bellas y benéficas palabras como:
 
“Españoles, después de una larga agonía vuestra nación iba a perecer, he visto vuestros males y voy a remediarlos... yo no quiero reinar en vuestras provincias.
Pero quiero adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento de nuestra posteridad.
Vuestra monarquía es vieja, mi misión se dirige a renovarla. Mejorare vuestras instituciones y os haré gozar de los beneficios de una reforma sin que experimentéis quebrantos, desordenes ni convulsiones.
Españoles, recordaos de lo que han sido vuestros padres y venid a lo que habéis llegado...
No es vuestra la culpa sino del mal gobierno que os regia...
Yo quiero que vuestros últimos nietos exclamen:
Fue el regenerador de la Patria”
Los motivos que movieron a colaborar con los franceses fueron diversos. Los hubo de índole política, como la convicción legalista, toda vez que existía una abdicación formal de los reyes, otros motivos fueron el pánico a la anarquía desatada.
 
No olvidemos que el levantamiento violento del pueblo de Madrid, había hecho pensar a algunos como Amorós que lo fundamental en esos momentos era mantener ”el imperio de las leyes”, y frenar “la hidra de la anarquía”.
 
Hubo también factores de antirepublicanismo como en Llorente que siempre abominó del jacobismo de la Francia republicana.
 
La mayor parte de estos buenos españoles a los que acabaron denominando traidores, infidentes y juramentados, creyeron con honestidad y, cuando así dejaron de creerlo, abandonaron sus filas, como Romanillos, Mazarredo o Cevallos, que las posibilidades reformistas solo se las ofrecía el Nuevo Orden que impuso Napoleón en Europa, y así apostaron con mas o menos entusiasmo por los valores impresos en la Constitución de Bayona.
 
Francia pese a todo les transmitía confianza, había sido el tradicional referente progresista a lo largo del Siglo XVIII, era el país de las luces.
 
Se trataba en definitiva de ser coherentes.
 
Coherencia a la vez que realismo, así podemos ver como algunos personajes como Tomas de Morla, se hizo afrancesado ante el miedo a la anexión del Alto Aragón, Navarra, Cataluña y las provincias Vascongadas a Francia, idea esta que estuvo rondando largo tiempo por la inquieta cabeza del emperador, de hecho no olvidemos , Cataluña, fue anexionada de enero de 1812 a mayo de 1814 al Imperio napoleónico, dividiéndose en cuatro departamentos (Ter, Montserrat, Bocas del Ebro y Segre).
 
Al partido de la paz, como les gustaba autotitularse a algunos de estos insisto mal llamados bonapartistas y antiespañoles, personajes ilustrados que veían en la guerra que se les venia encima, el peor de los jinetes del apocalipsis al desarrollarse esta en suelo patrio, pronto les vino a dar la razón los acontecimientos aflorando los destructores resultados de la contienda: muerte, pobreza y miseria moral.
 
En todo caso no todos los recursos y energías se emplearon afortunadamente en ganar la guerra, la política cultural en la España afrancesada fue notable, se apoyo el teatro y promociono la pintura, fundándose el Museo del Prado tal como hoy lo conocemos, el Conservatorio de Artes y Oficios, asi como el primer Museo de Historia Natural, y el Instituto Nacional de las Artes y las Ciencias.
 
Se diseñaron inteligentes y funcionales planes urbanísticos modificando la vetusta estructura medieval de importantes ciudades como Salamanca, Valencia, Sevilla o Granada.
 
Se establecieron nuevas y modernas ordenanzas municipales de policía y control social, se estimulo el cultivo de rentables cultivos como el del arroz y el algodón.
 
La Constitución de Bayona, fue la primera gran aportación de los afrancesados.
 
Fue promulgado su texto el 6 de Julio de 1808 y jurado dos días mas tarde por el nuevo Rey de España, José Bonaparte.
 
Se ha criticado éste estatuto por muy diversas razones, por insuficiencia de legitimidad, así como por defectos de forma, y en parte debemos reconocer que hay bastante de verdad en ello.
 
No era ésta la primera Constitución que impulsaba el régimen napoleónico. A Holanda y a Suiza, ya se les había dotado anteriormente de norma fundamental, así Napoleón convocó a modo de Cortes, una Junta Nacional en Bayona.
 
De los 150 convocados solo llegaron a acudir 91, siendo algunas ausencias significativas como la de cinco de los seis arzobispos llamados a concurrir al acto.
 
Por la premura no pudieron acudir los representantes de ultramar, siendo estos sustituidos por criollos de paso por España.
 
Estos defectos, unidos a la rapidez en la toma de decisiones y la mano invisible del francés que manejó a su gusto desde el comienzo las sesiones, hizo que se llegase a considerar más una carta otorgada, que una auténtica Constitución Española.
 
No obstante no es menos cierto, que ésta supuso la génesis de muchas de las grandes innovaciones políticas y sociales que se adoptaron años mas tarde en Cádiz.
 
La división montesquiana de poder, la afirmación de derechos y libertades básicas como la libertad y seguridad personal, la libertad de industria y comercio, la supresión de privilegios de la nobleza y clero, la libertad de imprenta, la supresión de impuestos internos, la inviolabilidad del domicilio y la supresión de la inquisición y abolición del tormento, así como un largo etcétera, fueron grandes novedades y antiguas aspiraciones de los liberales ilustrados del XVIII.
 
Quizás algunos servidores actuales de nuestra Hacienda Pública hoy día desconozcan que fue este Estatuto o Constitución de Bayona, la que apuntó ya unos principios generales en materia económica publica dándose los primeros pasos hacia un control del gasto, si bien el mérito lo capitalizó la de 1812 que recogiendo y ampliando estos principios, consolidaron las bases de una incipiente pero moderna Hacienda Pública.
 
Por supuesto, no debemos considerar la existencia de una Hacienda como ahora la conocemos y por supuesto tampoco un autentico método eficaz de control del manejo de los fondos públicos toda vez, que no se conocía el montante global de los mismos al carecerse de un auténtico presupuesto, pero sin lugar a dudas… los cimientos de una hacienda moderna y el control del gasto estaban puestos.
 
No me cansaré pues de recordar cuantas veces sea preciso y pueda hacerlo que nuestra querida y respetada Constitución, piedra angular y fundamental de nuestros valores cívicos y nuestra legislación, tuvo un humilde, desconocido y remoto antecedente unos años antes de la "La Pepa", la Constitución de Cádiz de 1.812 y fue tristemente en territorio extranjero en Bayona en 1808.
 
Antonio J. Mérida
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