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05
Mié, Oct
3 minutos de lectura ( 500 palabras)

El ejemplo de mi padre

     Mucha gente me dice que hago cosas poco habituales, dicen que tengo mucha fuerza de voluntad (qué poco me conocen), de alguna manera les remueve lo que hago día a día, y se sorprenden de la cantidad de cosas que me da tiempo a hacer. He pensado sobre ello. Y por fin, he averiguado de dónde salen estas “heroicidades”. Lo pongo entre comillas, porque para mí no es más que un pequeño esfuerzo adicional en épocas en las que necesitan o necesito ese esfuerzo extra para sacar adelante lo que me he propuesto o sencillamente lo necesito para vivir. Y digo esto, porque para mí, este esfuerzo, esas “heroicidades” se las he visto hacer a mi padre todos los días desde que nací, y todavía las sigo viendo.

     Mi padre trabaja en casa. Trabajador autónomo, su trabajo se ha medido, no por las horas que trabajaba, sino por los encargos que terminaba. Somos cinco hermanos, y aunque ahora somos todos mayorcitos y adultos, hubo una época en que llevábamos pañales, y hacíamos de todo menos estar en silencio, como cualquier niño. Por lo tanto, mi padre tenía que sacar tiempo de debajo de las piedras para acabar los encargos y traer dinerito a casa.

     Mi padre no estudió ninguna carrera, ni consiguió ningún premio de estudios, y aunque no se podía sentar conmigo a hacer los deberes, me ha enseñado mucho más de lo que cualquier libro me hubiera podido enseñar, ni me enseñará nunca. Lo tengo muy claro.

     He visto a mi padre madrugar muchos días, le he visto pasar frío trabajando, sueño, sufrir en silencio las preocupaciones del trabajo y de la economía familiar.  Son una cantidad de detalles que no he apreciado hasta que no he sido padre de familia y he madurado. Ahora, pienso en ellos, y sencillamente, hago lo que tenga que hacer para estar a la altura de las circunstancias que el día a día me exige. Si tengo que madrugar, pues madrugo; si tengo que estudiar, pues estudio; si tengo que trabajar, trabajo; y si me tengo que aguantar, pues me aguanto.

     Por lo tanto, he llegado a la conclusión (ya había llegado antes, pero me reafirmo en ella) de que he tenido una suerte increíble con mi padre. No digo que sea un padre perfecto, pero jamás creo que pueda echarle el valor que él le echó con nosotros (por ahora sigo estando a años luz). Y a todos los que se sorprenden de mis “heroicidades”, les digo que sólo intento aprovechar al máximo los recursos que mis padres me dieron (con mucho esfuerzo), y que aún me siguen dando. Sé que ahora mis hijos no entienden lo que hago, pero también sé que se les quedará grabado en la memoria lo que hago, de la misma manera que yo tengo grabado en la mía lo que hacía mi padre y que he tardado más de 30 años en entender. Gracias papá.
(Original publicado por Gabriel)
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