Podríamos comenzar por un “oro salino compra aire fresco”, pero tendríamos que apostillar demasiados argumentos con los que seguramente debatiríamos horas; sencillamente esto no deja de ser una reflexión escrita de lo peligrosamente cerca que estamos de un catastrófico final solo visto en las grandes pantallas con personajes inventados.
Deseosos de que en París se llegue a un acuerdo provechoso con el que valorar como se merece el clima de nuestro planeta sacamos de nuestro gran arcón del conformismo las pláticas de educación óptimas con las que cree el ministro de Exteriores en sus exiguas esperanzas de intentar recoger unas cuantas monedas del galeón “San José” hundido por los británicos en unas aguas colombianas que ahora quieren atraer a las orillas de sus fronteras.
Y es que para arcones grandes, los del buque escondido en el fondo de un mar que no entiende de glorias pasadas, ni se somete a la legalidad de los que se mueven en una superficie deprimida por la mano del hombre; seguramente entre su acaudalado contenido vivan especies a las que el oro solo les ha valido para contaminar su entorno o abastecer superficies repletas de grandes corales esparcidos por el pecio de una madera tan arruinada como la tierra en la que habitamos.
Es insólito como las guerras de allá por el siglo  XVIII vuelven a aparecer como causantes de conflictos nuevos; será que las confrontaciones bélicas nunca acaban con los años, es la única manera de identificar el hecho de usar la diplomacia con el único objeto de salvaguardar unos intereses que se piensan legítimos aún a costa de surtir de desacuerdos las relaciones internacionales entre países que se dicen coloquialmente “hermanos”. La realidad impera junto al sentido común y unos lingotes caídos en la eternidad de la literatura bien valdrían para subvencionar modelos sociales comunes a las naciones en litigio.
Lo curioso de todo este galimatías es lo poco provechoso que puede significar el haber encontrado un tesoro de dimensiones extraordinarias, si tal hallazgo lo posicionamos en la balanza de necesidades acuciantes de la población y tal demostración de riqueza la utilizamos por el contrario en satisfacer la vista de unos pocos visitantes de museos, respirando a través de una mascarilla conectada a un recipiente de aire fresco.
Ahora la riqueza de la que el mundo carece se reduce a conseguir un medio ambiente aceptable con el que sustentar nuestras pobres y endebles vidas, hemos estado abusando demasiado tiempo de un planeta que se subleva ante nuestros escépticos ojos causando catástrofes por todos los rincones del hábitat natural de los seres humanos, afectando como no podía ser menos al medio ambiente , su flora y fauna.
¿Dónde termina el final? no quiero resignarme ante semejante barbarIe e inicio el camino a ninguna parte con la mochila vacía, con los pies descalzos y el estómago protestando de manera incisiva a la espera de algo que le aporte alivio. El sol cae sobre mi cabeza inundando de luz la debilidad de unos ojos que se cierran sin poder ver donde el final termina o empieza el desconocimiento de un mundo cruel e insólito forjado por la desnudez humana carente de sentido.
Los rostros enjutos destacan sobre las sombras inexpresivas e inmóviles deseosas de articular palabras sueltas, sin querer sobresalir más allá de lo que su espacio ocupa por miedo a destacar sobre algún otro personaje de un paisaje desolado. Lo fundamental de la coherencia se disipa en una nube de indecisiones acorde con el momento atrayendo marañas desperdigadas  en busca del sentido común previo al despertar de una pesadilla que se repite de manera incesante en la  constancia del tiempo.
Es increíble lo fantástico que es vivir en paz, maravillosa sensación la de no tener que saciar la satisfacción de otros para poder tener un poco de dignidad con la que disfrutar del hecho pasajero de estar vivo. Busco la sonrisa en mi entorno y si esta no existe, la fabrico de manera instantánea  para favorecer el ambiente en el que respiro pausado. No espero que atraviese la frontera de mi humildad nadie que yo no quiera, mi tiempo lo comparto con aquellas cuestiones que signifiquen mejorar lo patético que resulta en ocasiones el ser humano y no en malgastar el único de mis tesoros el tiempo, en agregar más insensateces a la proclama de mis valores.
Podemos intentar no colapsar más de infortunios este mundo y aceptar por una vez, sirviendo de precedencia, que el viento al mover las olas de un mar tranquilo es pura dinámica, que el aire en la calle es vital para caminar sin fatiga por una Tierra a la que le demos el regalo de cuidarla con esmero, como ella ha estado haciendo durante siglos.
(Esto es solo un bosquejo de lo que llegará a ser un relato algún día si no somos capaces de construir una sociedad justa y unos valores humanos conscientes de que todo acaba cuando ni siquiera hemos comenzado a disfrutar del hecho trascendental de vivir)…


Juan Antonio Sánchez Campos

15 Diciembre de 2015