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03
Lun, Oct
2 minutos de lectura ( 388 palabras)

Niños y niñas

Un autobús naranja, una frase sencilla y la verborrea popular. Con estos tres ingredientes el colectivo HazteOir ha logrado una campaña publicitaria a nivel nacional. Para conseguir espacios en prensa, radio y televisión hubieran necesitado miles de euros, sin embargo, no les ha hecho falta. Las redes sociales junto con una carrera entre políticos de todo signo por haber quién hacía la declaración mas iracunda han hecho posible lo imposible.
 
Sin duda, en un clima tan viciado, el debate sereno y calmado se antoja imposible. Los debates importantes han de hacerse desde la calma y la mesura. HazteOir ha prestado un flaco favor a los que nos importa más el fondo que la forma.
 
Pero, ¿cuál es el fondo? ¿Quién se puede oponer a la protección de los que sufren? ¿Puede alguien defender la discriminación por cualquier motivo? Entonces, ¿por qué critico la conocida Ley contra la LGTBfobia aprobada por la Asamblea de Madrid? Simple, por contener artículos que recortan la libertad. Lo ilustraré con un ejemplo.
 
Hace unos meses, el director de un colegio católico envió una carta (http://bit.ly/2msI1pI) a toda la comunidad educativa del centro criticando la citada Ley. Ante la misma, cabe preguntarse una cuestión: sus palabras están amparadas por la libertad de expresión ¿sí o no?
 
La Comunidad de Madrid opinó que esta carta rebasaba los límites de esa libertad y puso los hechos en conocimiento de la fiscalía que, una vez analizado el caso, lo archivó al concluir que no era constitutiva de un delito penal. Pero, ¿qué paso entonces?
 
La Consejería de Educación, no satisfecha con esta postura, decidió usar la reciente Ley para sancionar al director. No para denunciarlo, no, sino para sancionarlo directamente. Es decir, un órgano administrativo, no judicial sino administrativo, se arroga el derecho de interpretar una Ley (que no un reglamento o un código) e imponer una sanción. La Comunidad de Madrid se ha convertido en juez y parte.
 
La libertad de expresión es un bien muy preciado pero muy poco apreciado en sociedades libres como la nuestra. Solo hay que mirar a la gran mayoría de los países del mundo y ver las consecuencias de su ausencia. Por eso hay que ser muy cuidadoso a la hora de poner límites, más aun cuando estos los basamos en lo "políticamente correcto".
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