Desde que se declaró el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama mediante Ley 7/2013, de 25 de junio, tanto desde el Gobierno de la Comunidad de Madrid, como desde muchos de los Gobiernos Locales, se han lanzado diferentes mensajes principalmente sobre los beneficios económicos que la explotación turística del parque puede aportar, olvidando en muchas ocasiones los beneficios intrínsecos de la conservación del capital natural y de la biodiversidad.

No debemos olvidar que los ecosistemas y por tanto el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama ofrece cuatro servicios fundamentales. En primer lugar, servicios básicos de soporte esenciales, como son la producción primaria, la fotosíntesis, los nutrientes, el ciclo del agua, etc. Sin embargo, este servicio esencial pasa desapercibido y no es considerado como un beneficio directo para los seres humanos obviando su incalculable valor. En segundo lugar, el Parque nos proporciona servicios de suministro y provisión que incluyen multitud de bienes como por ejemplo madera, fibras naturales, alimentos y medicamentos. En este caso es fácil ver la implicación directa en la economía y el desarrollo humano, dado que muchas empresas dependen del mantenimiento de estos recursos renovables para su funcionamiento y supervivencia. Pero además, los ecosistemas nos proveen de elementos reguladores que incluyen, por ejemplo, regulación del clima, regulación de las inundaciones y provisión de agua. Y finalmente, nos ofrecen servicios culturales como pueden ser los relacionados con el recreo, el turismo, la educación y aspectos científicos, a los que hay que sumar los denominados de información espiritual e histórica. Este tipo de servicios también son relevantes para las empresas y parece que en el caso del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama son los únicos que se están teniendo en cuenta (reduciendo todo al recreo y al turismo) cuando deberíamos atender a todos los relativos al medio ambiente dado que es el conjunto el que ofrece beneficios para el bienestar humano.

Vemos como cobra fuerza actualmente el discurso que apuesta por una explotación del medio natural a fin de obtener beneficios económicos de los espacios protegidos. Discurso al que le siguen inmediatamente las críticas de grupos ecologistas contrarios a anteponer los intereses políticos y económicos a la conservación de la naturaleza. Y al que hay que sumarle las críticas de utilizar la explotación turística como recambio de la explotación del suelo ocurrida anteriormente. Sobre todo si tenemos en cuenta que la muchos de los alcaldes que antes se oponían a la declaración del Parque por ser claramente contraria a sus políticas urbanizadoras, ahora aplauden su declaración.

¿Entonces qué hacemos? ¿Es cierto que es caro el conservar la biodiversidad y los espacios protegidos y por tanto hay que encontrar fórmulas para su explotación? ¿Cómo debemos afrontar el futuro de la conservación del medio, solo con políticas públicas o es necesario desarrollar nuevas herramientas?

Pues bien, es cierto que para preservar el status quo de la biodiversidad, en el mundo se necesitan anualmente entre 150 a 440 millones de dólares, cantidad que puede parecer enorme, a primera vista, pero que sólo supone a una pequeña parte en comparación con el valor de los servicios proporcionados por los ecosistemas según se concluyó en la 11ª Conferencia de las Partes en el Convenio sobre la Diversidad Biológica en octubre de 2012. Por tanto, parece evidente que en primer lugar debemos partir de la base de que más allá de la explotación turística o de cualquier otro tipo, deberíamos estar pensando en su conservación y mantenimiento.

Debemos por tanto analizar las estrategias y herramientas que podemos desarrollar para la conservación y no tanto en la explotación puramente mercantilista del medio natural y su desarrollo como un "parque temático". Pensar y actuar solo bajo intereses de mercado, implantará un sistema depredador del medio que ofrecerá buenos beneficios a corto plazo pero no garantizará el desarrollo sostenible a largo plazo y mucho menos la calidad de vida y bienestar de las generaciones futuras.

Por otro lado, es cierto, que se deben desarrollar nuevas herramientas y estrategias que fomenten la corresponsabilidad de todos incluyendo a las empresas y no delegando solo la conservación en las políticas públicas. Actualmente, a nivel global se estima que la conservación de la biodiversidad sólo está soportada por fuentes públicas y filantrópicas que aportan unos 41 millones de dólares al año de los 150 necesarios. Y por tanto, basándose en este dato, la Estrategia para la Movilización de Recursos del Convenio sobre la Diversidad Biológica estipula que se han de movilizar más fuentes de financiación privada para la protección de la biodiversidad y los ecosistemas. Así, tanto en Europa como en otras regiones, el objetivo de la estrategia de biodiversidad tiene la intención de desarrollar instrumentos basados en el mercado que puedan ayudar a alcanzar los objetivos de conservación proporcionando incentivos al sector privado. Esto no quiere decir que se transfieran las responsabilidades y las obligaciones de los gobiernos al sector privado sino que se desarrollen acciones de corresponsabilidad.

De igual forma España precisa desarrollar en común con las Comunidades Autónomas, herramientas de mercado para la conservación de la biodiversidad y de los espacios naturales y no sólo pensar en la explotación turística del medio natural. Para ello, primero se deberá desarrollar un marco normativo claro teniendo como base que estos instrumentos no deben sustituir a los recursos del Estado, sino que deberán utilizarse para complementar los fondos públicos para la protección de la biodiversidad. En este proceso, resultará fundamental que desde la acción política se creen las condiciones generales para garantizar la participación de las ONGs. Resulta fundamental y necesario por ambas partes la implicación de estas en el desarrollo de estos mecanismos ya que su perspectiva crítica será esencial para garantizar que se crean verdaderas herramientas de conservación y no se hace un uso mercantilista del medio natural sin más. De esta forma se podrá desarrollar una política regulatoria eficaz, clara y bien definida que nunca debería dejarse enteramente a las fuerzas del mercado como parece que es el actual rumbo que se está tomando.