Las aglomeraciones urbanas españolas (ciudades mayores de 50.000 habitantes) han pasado desde el año 2000 hasta la actualidad de 20,5 a 23,2 millones de habitantes, representando ya el 52,6% de la población. Es previsible, que en las próximas décadas se mantenga esta tendencia, por tanto, no es aventurado concluir que el mayor desafío es la sostenibilidad urbana, es decir, resolver tanto los problemas que surgen dentro de las ciudades como los problemas causados por éstas, exigiendo, entre otras cosas, mejorar la calidad del aire y minimizar la contaminación atmosférica.

Para ello, se deben tomar enfoques integrados que combinen la planificación del transporte, del medio ambiente y del territorio. Justo lo contrario de lo que se está haciendo por ejemplo en la ciudad de Madrid, donde se ponen parches improvisados al dictado de encuestas. Parches que además de estar mal planificados, se antojan ineficientes.

En España, la contaminación del aire es un problema que se viene manifestando desde hace muchos años, pero que ha experimentado un notable cambio desde finales de la década de los setenta del siglo XX. En aquella época, en muchas ciudades, la contaminación era un fenómeno típicamente estacional, provocado fundamentalmente por las calderas de calefacción, que utilizaban combustibles muy contaminantes por su elevado contenido en azufre, como carbones, gasóleos pesados o fuelóleo. Los contaminantes más destacados eran consecuentemente el dióxido de azufre y las partículas en suspensión. Asimismo, era muy relevante la contribución de la industria a los niveles de contaminación atmosférica en el medio urbano, y en ocasiones la causa principal, debido a la ubicación de los polígonos industriales en los propios núcleos de población.

La desaparición en los cascos urbanos de las empresas más contaminantes, la mejora de la calidad de los combustibles puestos en el mercado, los avances tecnológicos, tanto en la industria como en el transporte, y la creciente penetración del gas natural, entre otros factores, han modificado sustancialmente el panorama de la contaminación atmosférica.

Pero el problema no ha desaparecido, sólo ha cambiado: Hoy la contaminación se mantiene en buena medida durante todo el año cuando las condiciones de dispersión son desfavorables. Hoy, las emisiones contaminantes y de gases de efecto invernadero tienen su origen fundamentalmente en el consumo de combustibles fósiles y, por lo tanto, en el tráfico. Este foco emisor de contaminantes en la ciudad también es responsable de la emisión de casi el 80% de óxidos de nitrógeno (NOx) y del 60% de las emisiones de partículas (PM10 , PM 2,5). Indudablemente, otras fuentes (calefacciones, industrias...) aportan emisiones significativas de estos contaminantes. Pero el elevado aumento del parque de vehículos diésel y su creciente utilización son importantes factores que contribuyen a esta situación.

Dicho aumento y los efectos negativos que conlleva se evidencian tanto en las grandes ciudades como en las pequeñas, siendo uno de sus orígenes principales el modelo de crecimiento. Un modelo en las últimas décadas asociado a una ocupación del suelo basada en una especialización de las actividades a desarrollar en cada zona y por lo tanto una evolución hacia el denominado modelo de ciudad difusa... Y en efecto, la segregación espacial de las funciones cotidianas en la ciudad aumenta las distancias relativas entre urbes, impone el uso del vehículo privado e invalida el resto de los medios de transporte aumentando el consumo energético y las emisiones de gases contaminantes y de efecto invernadero.

No obstante, y aun sabiendo que no existen modelos urbanos perfectos que puedan alterar radicalmente las tendencias, incidiendo sobre todo en el planeamiento urbano, el urbanismo y la ordenación del territorio, se puede favorecer la implantación de formas más sostenibles de transporte, consumo de energía y ocupación innecesaria de suelo redundando en una mejora directa de calidad del aire y por lo tanto de la calidad de vida de los ciudadanos. Es decir, lo fundamental a la hora de mejorar la calidad de vida en las ciudades es devolver la ciudad a los ciudadanos. Y los gobiernos locales han de centrar sus políticas en planes de movilidad integrales, no simplemente en la mejora del tráfico o en implantar medidas como los sistemas de alquiler de "bicicleta turística".

Debemos avanzar hacia un escenario en el cual los desplazamientos en la ciudad puedan resolverse en condiciones de rapidez, eficacia y confort, con un gasto proporcionado de energía y unas afecciones mínimas al medio ambiente. El nuevo modelo debe asegurar una buena accesibilidad en la ciudad, entendiendo por ello la provisión cercana de las dotaciones necesarias en el tiempo y el espacio, que vendrían acompañadas de unas conexiones adecuadas y de calidad a medios de transporte ecológicamente compatibles: itinerarios peatonales y ciclistas directos y sin barreras arquitectónicas, además de un servicio atractivo y eficaz de transporte colectivo.

En este modelo, el coche, entendido como objeto de propiedad individual e imprescindible a día de hoy para resolver las necesidades de desplazamiento urbano, tendría un papel residual. Estas condiciones de movilidad deberían poder ser disfrutadas por el conjunto de la ciudadanía, independientemente de su edad, sexo o condición personal o social.

Pero todas estas medidas suponen un cambio radical en los hábitos de la ciudadanía por lo que mientras no se tome conciencia por parte de la sociedad de que el modelo actual no es saludable, ya podemos planificar sofisticados instrumentos sobre éste, que únicamente se paliarán los efectos sin incidir directamente en la merma de calidad de vida que el modelo actual produce.

Aún a pesar de resultar un tema muy manido, es imprescindible recordar que la toma de conciencia del ciudadano solo se alcanzará si existen y funcionan instrumentos de participación ciudadana. Si realmente se quiere conseguir una ciudad más saludable en la que prime el ciudadano frente a la planificación instrumental y política, los instrumentos de participación y el empoderamiento de la sociedad son esenciales. Por eso es necesaria la articulación de herramientas de información rigurosa, veraz y completa, que además de informar al ciudadano sirvan como vehículo educativo que redunde en una participación de calidad y no dirigida por los diferentes grupos de interés y falsos conceptos de calidad de vida.

En definitiva, a fin de lograr que las ciudades sean sostenibles y saludables, los gobiernos locales y regionales deberán enfatizar en las siguientes líneas de trabajo que se entienden indispensables:

· Desarrollar instrumentos y herramientas de planificación de la movilidad urbana sostenible.

Elaboración e implementación de planes integrales de movilidad urbana sostenible que partiendo de un diagnóstico establezcan objetivos concretos, medidas a adoptar, plazos de cumplimiento, programas de inversiones y mecanismos de financiación. Unos planes que deben contemplar los distintos modos de movilidad de los ciudadanos, además del transporte de mercancías y la gestión del aparcamiento.

Integrar de manera transversal e intersectorial la calidad del aire en las políticas, estrategias y planes de actuación a escala local, muy especialmente en lo relativo al desarrollo industrial, al transporte y a la planificación urbanística.

Realizar evaluaciones socioeconómicas y ambientales detalladas de los efectos locales de la contaminación atmosférica (afección al patrimonio histórico-artístico, gastos en protección de la salud...).

· Incorporación de la movilidad a los instrumentos de planificación urbanística.

Adaptación de los Planes Generales de Ordenación Urbana a las necesidades de la movilidad sostenible teniendo en cuenta aspectos como: propiciar la mezcla de usos, evitando las zonas urbanas mono funcionales que generan un gran número de desplazamientos urbanos; promover la recuperación y reutilización de tejido urbano degradado; hacer un ejercicio de contención de la ocupación de suelo no urbanizado; y evitar la creación de núcleos residenciales dispersos de baja densidad.

Potenciar las superficies verdes urbanas, especialmente las arboladas, como elementos de control de la contaminación y fomento de una vida más saludable, a través de su uso público.

Optimizar los sistemas de vigilancia de la contaminación atmosférica, fundamentales para el conocimiento y la mejora de la calidad del aire.

· Adecuación de la estructura organizativa municipal y las ordenanzas locales a los nuevos escenarios de movilidad en la ciudad.

Introducción de estructuras integradas de gestión de la movilidad que, además de contemplar los aspectos relativos al tráfico, atiendan a los modos peatonal y ciclista, coordinando a los distintos operadores de transporte público y atendiendo a la gestión del espacio público.

Remodelación de las ordenanzas de tráfico de forma que se privilegien los modos de movilidad sostenible: peatonal y ciclista frente a los motorizados.

Modificación de las ordenanzas fiscales reorientando las tasas haciéndolas disuasorias hacia el uso del vehículo privado. Penalizar las actividades más contaminantes e incentivar aquellas que contribuyen a la mejora en la calidad del aire.

Adecuación de las ordenanzas urbanísticas y edificatorias con el fin de promover los modos de movilidad sostenible.

· Promoción de una nueva cultura ciudadana y aplicación de medidas de incentivo de la movilidad sostenible

Fomentar una mayor sensibilización entre los responsables políticos, autoridades sanitarias y ciudadanía en general sobre el impacto de la contaminación atmosférica en la salud pública y en la calidad de vida de los ciudadanos.

Establecimiento de mecanismos de consenso y concertación social que propicien la participación y el compromiso de la ciudadanía hacia el cambio de modelo en la movilidad urbana.

Puesta en marcha de campañas de información, sensibilización y educación en materia de movilidad sostenible al objeto de conseguir cambios de comportamiento y nuevas pautas de consumo que contribuyan a una menor emisión de contaminantes y a estilos de vida más saludables.

Fomento de los planes de movilidad a los centros de trabajo y apoyo a la introducción de nuevas tecnologías, mediante la compra pública y los programas de promoción económica y empleo locales.

Es posible que este conjunto de medidas no resuelva todos los problemas que afectan a la calidad del medio ambiente, pero no cabe la menor duda de que contribuirían a hacer más saludable la vida de los ciudadanos.