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05
Mié, Oct
1 minuto de lectura ( 278 palabras)

Una Coca Cola y una sonrisa

Vaya por delante mi empatía con los trabajadores de Coca Cola de Madrid. Vaya por delante que pienso que el capital debe moverse y ponerse al servicio de las personas. Que nadie tiene derecho a hacer con su dinero lo que quiera, si lo que le apetece es quemarlo o dejar en paro a cientos de personas. La empresa no puede jugar caprichosamente con los destinos de esas familias. Otra cosa sería que estuviera abocada a una inminente quiebra, que no es el caso. El dinero no es suyo, aunque lo sea, igual que el cuerpo del nasciturus no es de la mujer que quiere abortar por mucho que lo registre en un juzgado.

También creo que el lector convendrá conmigo en que el mejor modo de solucionar los conflictos no es llamar a un boicot de niño malo, como planteó Rafael Simancas. Las cosas hay que solucionarlas de otro modo.

En el otro plato de la balanza, también es cierto que estamos en un libre mercado, que igual que nadie pide explicaciones a una empresa cuando se instala en un territorio y contrata personal, tampoco ningún sindicato ni partido político lo debería hacer cuando decide cerrar o disminuir su plantilla.

Desde luego, lo que parece claro es que -después de las geniales campañas publicitarias de las que Coca Cola hacía gala- esta es la peor de su historia. A ellos parece que no les importa mucho la sonrisa de la que hablaba el anuncio. Y lo de la chispa de la vida, que se lo digan a los trabajadores de Madrid que están viendo amenazados sus puestos de trabajo, en medio de la crisis galopante que padecemos.

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