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Tordesillas, una víctima de la intolerancia

Viernes, 20 Mayo 2016 en Salud y Bienestar
Es normal incluso deseable que no todos estemos de acuerdo en las mismas cosas. Lo que no  es bajo ningún punto de vista aceptable es que  intentemos imponer nuestros criterios sobre los de los demás.
 
Y eso desgraciadamente ha pasado, pasa y pasará siempre en este viejo, complejo y difícil país nuestro.
 
España siempre ha sido plural y eso sin lugar a dudas es bueno y como decíamos antes incluso deseable pero siempre que haya comprensión y respeto, lo triste es que en muchas ocasiones esto no existe, primando la descalificación verbal cuando no la violencia física para reafirmar nuestras convicciones.
 
Son cientos los ejemplos que podemos ver y uno de ellos es el denominado Torneo del toro de la vega en la ciudad vallisoletana de Tordesillas, así como todo lo referente a nuestras antiguas tradiciones en relación con este animal astado.
 
Que lamentable es ver la postura cainita que algunos españoles adoptan invistiéndose de un fundamentalismo talibán en el acoso, que afortunadamente no derribo, de una de nuestras mas sentidas y queridas fiestas y tradiciones, y todo ello con el fariseísmo y doble moral de la protección al sufrimiento de los animales.
 
¿Por qué prohibir lo que no gusta a unos cuantos o a unos muchos que para este caso es lo mismo? ¿No es mas práctico y tolerante limitarse simplemente  a no participar dejando en paz a los que  conocen,  viven y disfrutan con la fiesta y sus tradiciones centenarias en la que muchas veces es protagonista el toro.
 
En realidad la polémica sobre la licitud y conveniencia de estos espectáculos no es ni mucho menos nueva.
 
Tres han sido las razones que en los últimos siglos se han venido defendiendo para oponerse a los toros.
 
Así podemos observar razones de orden religioso, de orden económico y razones de sensibilidad.
 
Esta última, es fundamentalmente la que defienden los detractores actuales, pero las otras dos razones fueron defendidas así mismo con rotundidad y vehemencia en los pasados siglos.
 
Así en el siglo XV como se relata en la monumental obra de "El Cossío,"  encontramos al gran teólogo y canonista el Cardenal Juan de Torquemada como gran opositor del espectáculo de correr toros bajo el argumento de la ofensa que supone a Dios el asumir el riesgo de morir voluntaria e innecesariamente por quien se expone al juego del toro, así como los excesos y pecados ocasionados por los que presenciaban el espectáculo por su complicidad culpable con el riesgo ajeno y  el disfrute inmoral en la vista de la sangre y de la muerte, sin olvidar la promiscuidad de sexos en las gradas en el caso de corridas en cosos, la violencia y el escándalo, todo ello con grave perjuicio del  alma cristiana.
 
Otro gran detractor fue ya en esta temprana época el arzobispo de Valencia Tomás de Villanueva, que criticó severamente que se celebrasen además estos espectáculos en muchísimas ocasiones votivamente en honor de algún santo patrón.
 
Defensores de peso del espectáculo taurino también los hubo sin duda, como el célebre teólogo de la universidad de Alcalá D. Juan de Medina.
 
La polémica pues estaba servida.
 
Esta contienda teológica y de buenas costumbres llegó muy lejos, incluso llegó a que diversos Papas intervinieran en la cuestión.
 
Así el pontífice Pío V publicó en 1567 su famosa bula “De salutis gregis dominisi” en la que amenaza a los fieles seguidores de este espectáculo con la excomunión.
 
Fue tan violento el ataque a unos espectáculos ya tan arraigados en el pueblo que se dice que el muy religioso Felipe II gran conocedor de su gente y que veía lo exagerado de la posición y el grave perjuicio que su incumplimiento hacía a la autoridad de la iglesia, que llegó a decir aquello de “ si prohíben toros que corran vacas”. El papa Gregorio XIII moderó el rigor de la bula de su antecesor excluyendo de tal pena canónica a los legos, en su “Exponis nobis super” de 1575. Sixto V vuelve a endurecer la norma que a su vez Clemente VIII su sucesor en la silla de San Pedro por la “Suscepti numeris” vuelve antes de finalizar el siglo a dulcificar.
 
Es de imaginar lo que supusieron en el ambiente sumamente religioso del siglo XVI estas disposiciones papales tan contradictorias y desorientadoras.
 
Así podemos imaginar un auténtico juego de niños las polémicas suscitadas por asociaciones antitaurinas y de defensa de los animales, frente a las discusiones escolásticas y bizantinas de apologistas declarados de la fiesta del toro y detractores recalcitrantes antitaurinos como lo fueron el jurista Juan Yáñez Parladorio y el padre Juan de Mariana.
 
La polémica perduró durante todo el siglo XVII destacando en su censura el trinitario Fray Manuel de Guerra y Rivera.
 
Pero no creamos que las discusiones quedaron solo en el ámbito importante aunque reducido de la teología y el derecho. Sabemos que trascendió también al campo literario, aumentando si cabe su conocido encono y rivalidad, entre D. Francisco de Quevedo curiosamente detractor de la fiesta del toro, y D. Luis de Góngora gran aficionado al espectáculo del rejoneo que cada vez ganaba más adeptos frente al alanceo a caballo o a pié quieto del animal astado al uso en el siglo anterior.
 
La defensa y censura por causas de orden económico, la vemos también en época muy pretérita, así el licenciado Gabriel Alonso de Herrera en su “Agricultura General” de 1513, habla de los beneficios y utilidades del toro bravo para la economía del campo, aunque abomina del dolor y el tormento del animal.
 
La relación que el hombre peninsular tuvo con el Uro, el antecedente del toro bravo, se pierde en la noche de los tiempos, pasando de la representación de su caza para alimento, a la mitología. España ha sido desde siempre un país de culto al toro.
 
La orden militar de monjes-soldados de Santiago creada en el siglo XIII, tenia entre otras por exigencia para formar parte de ella el haber lidiado y lanceado un toro como actualmente se hace en  Tordesillas.
 
La dinastía española de los Austrias fue proclive, cuando no entusiasta de las corridas de toros.
 
Quizás fue Felipe IV el mas aficionado de todos ellos, pero no debemos de olvidar a nuestro Emperador Carlos V que procediendo de una cultura ajena al toro debió de enamorarse del espectáculo cuando vio por primera vez una corrida de toros en Llanes (Asturias) en 1517 pocos días después de desembarcar por primera vez en tierras españolas.
 
Algo debió de remover su instinto cazador y guerrero o fueron sus genes maternos porque es conocido que no solo presenció sino participó en espectáculos taurinos en diversos lugares como  Valladolid con motivo de las fiestas que siguieron al nacimiento de su hijo Felipe.
 
El cronista flamenco  Laurent Vital que le acompañó en el primer viaje a España hizo una encendida y épica descripción de la corrida que los llaniscos asturianos le ofrecieron el domingo 27 de septiembre de 1517 en su breve aunque intensa estancia en esta villa marinera. Es evidente que algo debió de impresionar vivamente y sin duda gustar al joven Carlos del espectáculo ofrecido por los llaniscos, toda vez que desde entonces surgió en él la afición por tan caballeresco y esforzado encuentro entre hombre y bestia, afición esta que sabemos le acompaño durante toda su vida trasmitiéndola a sus descendientes.
 
Queda constancia de todo ello en los relatos de don Luis Zapata y de Fray Prudencio de Sandoval coincidiendo ambos en que el Emperador no solo holgó sino participó de tan hispánica fiesta a la que Francisco de Goya defendió y Melchor Gaspar de Jovellanosdenigró y a la que mantendremos o no según quiera el sentir colectivo de la ciudadanía, pero que no sea por prohibiciones partidistas inducidas sectariamente por colectivos fanatizados que enarbolando banderas y consignas de barbarie y maltrato animal pretenden mediante acciones violentas obstaculizar el libre ejercicio que la ley actual permite y regula de fiestas y tradiciones que se remontan a muchos siglos y que suponen no solo disfrutar de un espectáculo de valor, habilidad, honor, riesgo y sangre. sino que además mueve el comercio y la economía de localidades como Tordesillas que el paso del tiempo y la historia han ido descabalgándola de su pasada grandeza.
 
Antonio J. Mérida
Última modificación en Viernes, 20 Mayo 2016

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Comentarios

  • Blog
    Blog Domingo, 22 Mayo 2016

    Es la bobada más grande que he leído hoy.
    Valor!? Habilidad!? Tu eres tonto de remate y parece que no has visto bien el espectáculos.
    Donde ves el valor? Si son 200 a por un animal, habilidad!? Si son 200 inútiles que tardan una eternidad en matar al animal con todas sus lanzas.
    Por que prohibir lo que no le gusta a uno!?, que no es que te guste o te deje de guatar, que está muy feo torturar a los animales! Que no es porque no nos guste lelo.
    Que basta con no participar!? Frases como éstas y como las que he visto en el telediario de los habitantes de tordesillas, "los animales son para matarlos" es lo que demuestra lo poco inteligente que se puede ser.

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