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Nuestra misión es luchar contra las causas y consecuencias de las...

Por encima de mi cadáver

Martes, 26 Mayo 2015 en Salud y Bienestar
Ese y no  otro es el sugestivo título que da nombre al libro de viajes escrito por el joven periodista y escritor Mario Cuesta Hernando.
 
El pasado miércoles día 13 de este mes, tuvimos el privilegio de contar con la presencia en nuestro grupo de lectura y literatura "Rías Baixas", del que formamos parte un número abierto de asociados a Retina Madrid- Fundación Retina España, de un escritor que si bien novel por su juventud ,muestra ya la calidad que da el talento y al que le auguramos con total seguridad una notable carrera literaria que ahora comienza.
 
Un libro ágil, ameno y divertido, pero que trata con rigor y profundidad el drama que  viven a diario muchos ciudadanos en  oriente próximo.
 
En la línea ya trazada por  ese gran periodista que es Javier Reverte,  Mario Cuesta relata su experiencia personal contando las aventuras y peripecias en primera persona de un joven español ,él mismo que trata y lo consigue, de conectar con personas autóctonas de diversos países de la zona , relatando a través de su ágil pluma, las alegrías y los miedos, las ilusiones y desesperanzas de numerosos ciudadanos Sirios, Turcos y Libaneses.
 
Le pedimos y generosamente nos concedió autorización para transcribir un capítulo de su reciente y magnífico libro publicado, para nuestro blog, así como la colaboración en la lectura de algún otro capítulo, para pasarlo en audio a nuestros asociados de retina junto a la hoja informativa que mensualmente se distribuye.
 
Sin más palabras demos paso a un refrescante, humano y divertido capítulo de este autor, ya amigo y colaborador de nuestra Asociación y Fundación. Gracias Mario.
 
 
"Por mucho que ayer alardeé en este diario de las intenciones de Nawal al invitarme a cenar, lo cierto es que no tenía ni idea de qué se proponía. No sabía si ella había insistido en nuestra cita movida por el deseo, o porque me consideraba tan inofensivo que nunca malinterpretaría su casta invitación. En mi opinión existía una atracción mutua, pero bien podía ser una confusión cultural. A fin de cuentas, nunca había flirteado con una egipcia.
 
Mi estancia en Damasco desterró muchos prejuicios. Al contrario de lo que podemos pensar en España, las mujeres sirias sí tienen relaciones prematrimoniales. No obstante, allí las diferencias sociales son más acentuadas que en nuestro país, lo que condiciona también la vida sexual. La brecha se abre entre ricos y pobres, entre urbanitas y rústicos, entre los que viven en Damasco o en una ciudad de provincia. Siempre tuve la impresión de que nada liberaba tanto a los jóvenes sirios como vivir geográficamente lejos de su familia.
 
Es cierto que en los círculos tradicionales se espera que las mujeres lleguen vírgenes al matrimonio;  si no, pueden ser despreciadas. Por eso existen clínicas donde reconstruyen el himen con discreción[i]. Es una solución que en realidad perpetúa el miedo y el sometimiento.
 
En general, antes de acostarte con una mujer en Siria, es necesario lograr cierta confianza, salir juntos a cenar un par de veces. No hablo por propia experiencia, sino por lo que me contaban mis amigos. Desde luego las discotecas que conocí en Damasco estaban lejos de ser como las de Madrid, donde a las cinco de la mañana la gente se comporta como ex presidiarios recién liberados. Sobre las mujeres de El Cairo no tenía referencias.
 
Nawal comenzaba hoy su curso, que la ocuparía hasta la hora de la cena. Hasta entonces el día sería un trámite. Visitar la ciudad de Biblos aliviaría mi espera.
 
Biblos se encuentra cuarenta kilómetros al norte de Beirut. Como todas las ciudades fenicias se construyó junto al mar. El autobús de línea que la une a la capital es un vehículo de primera clase; nadie diría que funciona sin horarios, como un colectivo: es necesario un número mínimo de pasajeros para que arranque.
 
En esa espera conocí a Mehiar, un chico de treinta y cinco años, que estaba sentado en mi misma fila, pero al otro lado del pasillo. Su voz era melancólica, como el gesto que repetía de pasarse la mano por la cabeza afeitada. Era un perfecto beirutí, con brazos de gimnasio y un gusto exquisito para elegir camisas. Fue él quien rompió el hielo. Le conté que iba a Biblos; él a Trípoli, a ver a la familia. Hacía tiempo que no les veía, porque trabaja como arquitecto en Kuwait, aunque odia el país.
 
- ¿Y por qué vives en el Golfo? Es imposible que haya más edificios en construcción que aquí.
 
- En Beirut pagan muy mal. Odio Kuwait, es aburrido y triste, pero pagan mucho mejor.
 
Esa misma opinión la había oído de sirios que habían emigrado al Golfo. Todos describían un calor insoportable, una sociedad hermética, un ocio solo para multimillonarios. Trabajaban todo lo que  podían y regresaban siempre antes de lo previsto. Mehiar estaba muy decepcionado.
 
- Los kuwaitíes no quieren que la gente se quede. Saben que todo el mundo va a regresar a su país y por eso te pagan en función de tu nacionalidad. Para un mismo trabajo el que más gana es un americano, luego un europeo, y después un libanés, un sirio y al final un egipcio, ¿te parece justo?
 
- No.
 
Uno de mis amigos españoles, que ha emigrado al Golfo, me ha hablado de estas prácticas. Para hacer la oferta más atractiva duplican el salario que ganarías en tu país por el mismo puesto. De ahí las diferencias entre Egipto y Francia, por ejemplo. Sin embargo no es una práctica universal, no ocurre en todas las empresas, al menos no con los europeos.
 
La melancolía de su voz se suavizó cuando empezamos a hablar de España. Según él los españoles somos inteligentes, creativos y pasionales. Estaba claro que Mehiar estaba flirteando conmigo.
 
- ¿Hay alguien esperándote cuando vuelvas a España? -la pregunta era perfecta para saber si yo era gay y soltero, sin preguntarlo directamente.
 
- No, rompí con mi novia hace cinco años -dije para que no hubiera dudas.
 
- ¿Y desde entonces nada?
 
- No.
 
- A lo mejor una chica libanesa.
 
- A lo mejor -aunque yo pensaba en una egipcia-. ¿A ti te espera alguien en Kuwait?
 
- No. Hace dos meses rompí con mi pareja -al renunciar al flirteo volvió su melancolía. Siempre usaba el término pareja, neutro, que no desvelaba su sexualidad-. Fue muy duro vivir separados durante años, mi pareja en Beirut y yo allí. Hace cuatro meses mi pareja lo dejó todo y se vino a vivir conmigo -Mehiar arrastraba las palabras-. Teníamos mucha ilusión, pero no funcionó. Después de tantos años hemos descubierto que no podemos vivir juntos ni separados.
 
Se pasó la mano por el cráneo, como si arrastrase un pensamiento lúgubre y luego la sacudió en el aire.
 
A mitad de la conversación llegamos a Biblos. Fue tan súbito que apenas tuvimos tiempo de despedirnos.
 
Al bajar del autobús descubrí una ciudad aprisionada entre el mar y la montaña. Parecía que las casas se hubieran construido sobre una tierra que hubiese encogido después. Era una geografía alborotada de colinas y edificios blancos de cinco alturas, entre los que crecían coníferas y palmeras, hasta el borde del mar. Un poco más lejos, tal vez en la zona pobre, distinguí algunos edificios de dos y tres alturas, con fachadas del típico tono “Oriente Próximo”, ese color que tiene como base el hormigón mal pintado, matices de arena arrastrada por el viento, muchas horas de sol, y un punto de descuido.
 
Desde la estación de autobuses, un zoco con aspecto de decorado oriental hollywoodiense conducía a las ruinas de la antigua Biblos, la ciudad donde se inventó el alfabeto moderno. Según la embajada de Líbano en Estados Unidos, esta es la ciudad habitada ininterrumpidamente más antigua en el mundo[ii]. Al contemplar aquel yacimiento milenario solo pude pensar una cosa: “Ostrás, qué calor”. La temperatura era de treinta y cinco grados.
 
El yacimiento se esparcía por varios promontorios, donde las civilizaciones sucesivas se apiñaban en restos de sillares al sol. Ni un árbol los protegía con su sombra. No hacía falta carteles de “No tocar”, porque las piedras abrasaban. El yacimiento se fundía en un deslumbrante fulgor blanco, del que solo se distinguía el mar al oeste, donde las olas eran burbujas de un caldo hirviendo. En medio estaba yo, cociéndome en mi propio sudor, anhelando que llegara la noche, con su frescura y mi cita con Nawal.
 
Si te gustan los fenicios, las ruinas y la melancolía, el yacimiento es inagotable. Para mí lo fue. Mi vestigio preferido fue un pequeño teatro, que debía ser el off-Broadway de la ciudad antigua. El recinto era diminuto, indigno de héroes que desafían a dioses, pero con mucho encanto, y con el único árbol de la zona. Su sombra se extendía al borde del yacimiento, que caía en un acantilado de treinta metros sobre el mar. Abajo, las olas rompían en grandes rocas que formaban recovecos y piscinas naturales. Protegidos por la sombra de un peñasco, dos tipos me hacían señas para que bajase. “Mira, la playa gay”, pensé. Era evidente que aquellas piedras no los ocultaban solo de la mirada abrasadora del sol.
 
Concluida la visita al yacimiento, con ese calor asfixiante, se imponía la necesidad de un baño. ¿Pero dónde? Podía ver a lo lejos la playa de la ciudad, un club privado con tumbonas, sombrillas y un castillo hinchable para niños. Era el típico lugar donde no dejarían entrar a alguien sin bañador, como yo, que lo había olvidado en Beirut. Necesitaba un lugar donde pudiera bañarme en calzoncillos sin armar revuelo. “En la playa gay”, decidí. “Allí no montan escándalos”.
 
A la sombra de las rocas ya no había dos hombres, sino tres. Me reconocieron. Uno de ellos miró a los otros con picardía, como diciendo “os lo dije, es gay”. Ese era el más vivaz, de unos cuarenta años, con una sonrisa de dientes pulidos. Tenía el torso depilado, a excepción de una hilera de pelos que nacían entre los pezones, bajaba atravesando el ombligo, y se perdía en las profundidades prietas de su bañador boxer rojo. El más joven, de unos treinta, era grueso, con una cadena de oro al cuello y una voz dulcísima. El tercero, también de unos cuarenta, era arisco con los otros, enjuto y con la piel sin dermis, pegada a los músculos; de los tres era el más callado y sin pluma. Se llamaban Khalid, Mustafá y Fady, por este orden. Khalid y Mustafá trabajaban como peluqueros. Fady se dedicaba al turismo, sobre todo en Turquía, y, como yo, había venido a Biblos a pasar el día.
 
Efectivamente no les importó que me bañara en calzoncillos. Y, por supuesto, no me fue fácil convencer a Khalid de que no me interesaban los hombres.
 
El agua fresca me reconfortó de la pesadez de la mañana. Muchos recuerdos del día se disolvieron, perdiéndose para siempre. Nawal permaneció.
 
Mientras me secaba al sol, Khalid trataba de convencer a Fady para follar en un recodo, pero este lo rechazaba con desdén.
 
- Mario, ¿tú sabes lo que es una sharmuta? -me preguntó Fady.
 
- Sí, una puta.
 
- Él es sharmuta -dijo señalándole.
 
Khalid se carcajeó ante los insultos.
 
- ¿Y sabes lo que es el popper? -me preguntó Khalid con una sonrisa lúbrica, refiriéndose al gas que produce euforia y que es muy popular entre los gays.
 
- Sé lo que es, pero nunca he tomado.
 
Yo trataba de rebajar la impostada calentura de Khalid hablando de temas serios. Les pregunté sobre la libertad sexual en Líbano. Khalid me explicó que en Biblos los gays disfrutan de espacios propios, como restaurantes y bares: “No es fácil, ninguna familia lo entiende, pero no tenemos que escondernos. En los pueblos de montaña es peor”. Mustafá, con su voz cándida añadió, “Hay muchos gays de Oriente Próximo que vienen a Líbano porque aquí pueden vivir más tranquilos, o de turismo”[iii].
 
Fady parecía molesto con la frivolidad de los otros. En lugar de participar en la conversación, se dedicaba a abrir unos moluscos que acababa de coger entre las rocas. Nunca había visto algo parecido. Eran más grandes que mejillones, con la concha abigarrada. Fady los colocaba al sol hasta que abrían unos milímetros el caparazón, metía un destornillador y hacía palanca; luego introducía una navaja para cortar un nervio, con lo que el caparazón se abría y aparecía el animal, de un color salmón pálido. A Khalid y a Mustafá apenas les ofreció un par, mientras que a mí me dio uno detrás de otro. La parte comestible tenía la consistencia de la gelatina y el aspecto de un palmito. Sabía a mar dulce. Fady nos tendió unas cervezas Almaza, la marca libanesa, que llevaba en la mochila. No estaban frías, pero resultaban refrescantes.
 
Cuando ya estábamos secos, Fady me propuso volver juntos a Beirut. El tipo me intrigaba, así que acepté. En cuanto nos alejamos cien metros, sin que yo le preguntara, comenzó a hablar con un tono entre rencoroso y triste. “No me gustan los gays como esos. Antes de que vinieras, Khalid se había follado a dos tíos en las rocas. Quería follarse a otro que estaba por allí y a mí; ¡ese hombre está loco!”. Su tono era amargo. “Estoy harto de maricas que van de cama en cama. Yo solo puedo amar a una persona y si solo puedo amar a una persona, solo puedo acostarme con una persona, ¡estoy harto de maricas que se acuestan con cualquiera!”. Ahora estaba más enojado, con una mezcla de decepción y desprecio. “Cuatro tíos en una tarde, ese hombre está loco”. Respiró hondo, recompuso sus pensamientos. “La semana que viene voy a Jordania a romper con mi novio. Es una relación muy difícil, porque llevamos juntos muchos años, pero yo trabajo fuera de Líbano, como guía de viaje; él, desde hace meses, vive en Amán, así que nos vemos poco. Me he enterado de que se ha acostado con otro hombre, ¿y sabes qué?, no pasa nada, así es la vida. ¿No me quieres?¿Follas con otros? Muy bien, jalas, que en árabe significa basta y tiene una sonoridad implacable. “No pasa nada, así es la vida”. No parecía triste, sino frío, superviviente. Repitió varias veces para sí, sin mirarme, “no pasa nada, jalas, así es la vida”.
 
En lugar del autobús tomamos un service, una furgoneta habilitada para quince pasajeros, sin ninguna comodidad, pero tan baratas que son el transporte colectivo por antonomasia de Oriente Próximo. Nos apretujamos en la parte de atrás y hablamos un poco de todo, de España, de Turquía, de fútbol, de cualquier cosa que fuera alegre. Al acercarnos a Beirut señaló un pedazo de costa; “otra playa gay”, susurró con media sonrisa. Me percaté de que sus ojos eran muy claros, destacaban entre los pliegues secos de su piel, prematuramente envejecida.
 
Al llegar a la estación no se marchó hasta que me subí a un taxi. Le explicó al conductor donde me dirigía, y me preguntó varias veces si tenía dinero para pagarlo. Un gran tipo este Fady, de esos desconocidos a los que echas de menos.
 
Poco después recibí un mensaje de Nawal. Me proponía que fuéramos a cenar antes de empezar a beber. Mi presupuesto no da para tanto gasto, así que me excusé con que tenía que trabajar hasta tarde. Quedamos en un bar tranquilo de la calle Hamra para tomar una cerveza antes de ir a alguna discoteca.
 
Nawal entró en el bar como un torrente, con una camiseta de tirantes y una minifalda de lentejuelas plateadas. Ni siquiera su belleza llena de aristas era tan sensual como su vitalidad.
 
Era inevitable que empezáramos hablando de la revolución egipcia, el típico tema con el que se rompe el hielo estos días en el mundo árabe. “Sí, iba a la plaza de Tahrir, pero no estoy muy metida en política. De hecho yo y mis amigos estamos un poco cansados de la revolución. Desde hace meses no hablamos de otra cosa, la gente quiere recuperar la normalidad”. Le pregunté cuál había sido el papel de las mujeres en las manifestaciones. “No te sabría decir, ya te digo que no soy una activista. Es verdad que cuando yo y mis amigas íbamos a la plaza, los hombres nos protegían, y se preocupaban por nosotras”, recordó con emoción fraternal, aunque en España un comportamiento así habría resultado paternalista. “Al terminar la revolución las mujeres siguieron participando, muchas fueron espontáneamente a limpiar la plaza”.
 
- Me refería a un papel que no tenga que ver con limpiar -le interrumpí en broma. Nawal rió conmigo.
 
- Lo del papel político está por ver.
 
Con la segunda cerveza pasamos a temas donde los dos nos sentíamos más cómodos. Ambos estábamos solteros. “Todos los hombres que he conocido comienzan siendo muy liberales, pero se vuelven celosos y controladores; los egipcios son así”. No solo rechazaba casarse, sino que, además, vivía sola. En Egipto y en Siria (y en Jordania, seguramente en todo Oriente Próximo), es algo infrecuente, sobre todo si tus padres viven en la misma ciudad. Todo el mundo sospecha que si vives así es porque tienes algo que ocultar. Parte de su familia es religiosa, así que el conflicto es constante. Nawal es una independiente radical. Creo que su desprecio por los tabúes le ha distanciado tanto de la sociedad, que tampoco conecta con los revolucionarios que quieren cambiarla. Ella es una alienígena, no sirve de ejemplo de nada.
 
Pasada la media noche fuimos al White, una discoteca de aspecto ibicenco, montada en una azotea, a las afueras de Beirut. Solo el taxi nos costó treinta dólares, lo que hizo añicos mi presupuesto diario. A la entrada había varios Hammers y coches deportivos aparcados. Según Nawal es la discoteca más de moda de la ciudad. Para entrar es imprescindible reservar previamente una mesa; pero no para ella. Saltándose la cola se acercó al portero, le dijo que éramos extranjeros y no sabíamos que era necesario reservar. El tipo nos abrió la cadena de terciopelo rojo, como si fuéramos los reyes de la noche.
 
El White es el típico local VIP decorado en blanco, con un Dj rodeado de pantallas. En torno a las mesas, los tipos recién salidos del gimnasio y las chicas recién retocadas en el quirófano, bebían botellas de champán helado. Al fondo estaban los reservados más exclusivos, que solo pueden pagar los ciudadanos del golfo Pérsico, cuando vienen a Beirut en busca de alcohol y de mujeres. En la barra nos apelotonábamos los más humildes. Nawal pidió dos refrescos y los rellenó con el vodka que llevaba en una petaca.
 
Este era el territorio de Nawal. Reconocía cada una de las canciones, las cantaba y me empujaba a bailar. Desató su cuerpo, mientras yo la miraba excitado. También debe ser hermoso contemplar de cerca el estallido de una bomba atómica.
 
Al tercer baile, con la segunda copa, se pegó a mi cuerpo, le besé la boca y ella me mordió los dos labios a la vez. A nuestro alrededor la gente se agitaba con esa mezcla de baile árabe tradicional y salto electrónico, propio de Levante. Nosotros estábamos entregados a los besos, bailando a un ritmo que no era el de la música. Le propuse que fuéramos a su hotel. “Vámonos sin pagar”, me contestó. Yo estaba borracho y excitado, no medía las consecuencias de nada.
 
Pulsamos el botón de la planta baja, pero el ascensor no se movió. Las puertas se abrieron y apareció el camarero con la cuenta. El ascensor era una trampa antiimpagos. Todo el mundo nos miraba. Nawal estaba pletórica, yo me sentía avergonzado.
 
Su hotel, de cinco estrellas, está en La Corniche. Es un edificio enorme, pretenciosamente moderno, con un exceso de iluminación exterior. Cruzamos el hall a la carrera y nos arrinconamos contra el espejo del ascensor. Fue entonces cuando me dijo que tenía el periodo. Podía ser cierto, pero me sonó un poco a excusa para no ir a la cama. No supe qué responder.
 
Su empresa era generosa con los gastos; cama grande, ventanas insonorizadas, decoración en blanco. Nawal desnuda era toda de color madera. La ropa interior negra parecía incrustaciones de caoba. De la maleta sacó un bote de lubricante y se embadurnó el pecho. Nos besamos como dos pastillas de jabón. La habitación apestaba a gel de cereza.
 
Al tratar de quitarle las bragas se echó a un lado.
 
-Tengo que decirte algo. -Intuí que venía otro obstáculo, algo más “definitivo” que la menstruación; tendría novio, o acababa de romper con él-.  Soy virgen.
 
Nawal era virgen. Me parecía inconcebible. Estaba convencido de que el sexo habría sido su primer acto de rebeldía contra la sociedad. Tantos enfrentamientos con su familia, con sus vecinos, su determinación por vivir sola, por mostrar su cuerpo, por morderme la boca delante de todos… pero en la intimidad era vulnerable.
 
- Francamente, no me lo esperaba de ti -los dos nos reímos suavizando la situación.
 
Me explicó que no aguardaba al matrimonio, sino a la persona y a la situación ideales (lo que es el matrimonio de las chicas modernas). Mi pregunta era inevitable.
 
- ¿Quieres que sigamos hasta el final?
 
- No sé -dijo mientras me miraba excitada.
 
Con un sonido viscoso por el lubricante se separó de mí y rodó a un lado. Sentada en un butacón, a un metro de la cama, encendió un cigarrillo.
- Entonces lo de que tienes la regla es mentira, ¿era un escudo? –pregunté encendiéndome también un pitillo.
 
- No, es verdad. ¿Tú crees que influye si nos acostamos?
 
- Que yo sepa, no.
 
- ¿No duele más? -insistió buscando mi sinceridad.
 
- No sé, podemos ser muy cuidadosos -pero yo sabía que su decisión estaba tomada- ¿Nunca has tenido novio? –pregunté, tratando de entender el motivo de su virginidad.
 
- Más o menos; que pueda llamar pareja, pareja, solo una vez. Vivo para mi trabajo.
 
- ¿Estuvisteis poco tiempo juntos?
 
- Casi un año, pero fue una relación horrible, una pesadilla. Hemos roto hace poco. Ha sido muy duro. Yo era muy dependiente, pero no me di cuenta hasta que rompimos. Caí en una depresión y tuve que ir al psicólogo.
 
Se arremolinó en el butacón, abrazando las piernas flexionadas, tan pegadas a la cara que temí que se quemase las rodillas al dar una calada.
 
- Y no es fácil, porque en Cairo si vas al psicólogo la gente piensa que estás loca. Mi familia no lo sabe, solo se lo he contado a dos amigas –continuó, mientras medía mi reacción a cada frase.
 
- ¿Y en ese año no tuvisteis sexo?
 
- Sin penetración.
 
- Ah, entiendo.
 
- No, no es lo que piensas. Es que era una mujer.
 
Se rió buscando mi complicidad, pero yo estaba perplejo.
 
- ¿Eres lesbiana?
 
- No… o sí. Ella ha sido la única mujer con la que he estado. El resto han sido hombres. Pero han sido pocos y nunca llegamos lejos. Trabajo mucho, no tengo tiempo para citas. Mi única relación larga ha sido con ella. ¿Tú nunca has estado con un hombre? -me preguntó.
 
- No, pero hoy hubiese sido el día -y le conté entre risas mi episodio en la playa de Biblos.
 
La conversación se relajó. La relación con aquella mujer la había dañado profundamente; no quería recordar la sumisión, ni el sufrimiento. Al terminar los cigarrillos volvimos a besarnos en la cama. Me pidió que le dejara una marca en el cuello:
 
-muérdeme tan fuerte que la huella dure varios días y la tenga que ocultar con el pelo.
 
Le mordí en el lado izquierdo, justo en la base de la nuca, donde el músculo se tensa con el contacto de los dientes. Apreté la mandíbula mientras ella aspiraba fuerte para aliviar el dolor. No paré hasta que se dejó caer a un lado con un grito. Ella estaba feliz. Yo me sentía un instrumento de su vida proscrita. Los dos estábamos muy excitados."


Última modificación en Martes, 26 Mayo 2015

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Invitado Martes, 06 Diciembre 2016

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