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No podemos dejar sola a la soledad

Jueves, 08 Octubre 2015 en Salud y Bienestar
Estamos envueltos en una dinámica descorazonadora con respecto al entorno en el que nos movemos a diario, salimos al amanecer con la única compañía de nuestros pensamientos,  afanados en no perder el tren o el autobús para asistir a clase o acudir en el mejor de los casos a un puesto de trabajo remunerado. Sin más, tan sólo con la idea de volver cuanto antes mirando las agujas del reloj o el móvil siempre a mano e incapaces de observar otra cosa que el objetivo de la rutina continuada hasta que vuelva de nuevo el fin de semana a nuestras vidas.
El que se cruce en nuestro camino, por desidia ni nos paramos a apreciar otra cosa que no sea el quitarnos de  su camino, cederle el paso o cambiar en pocas ocasiones un saludo distante.  Subimos al medio de transporte con decenas de pasajeros a los que en raras ocasiones solemos regalarle una sonrisa de compromiso por ser algo normal encontrárnoslo a esa hora. No sabemos nada de nadie de los que conforman el paisaje de una gran parte de nuestra vida, de quienes hacen de ese tiempo el fundamento primario de su existencia si no caen en el peligro de un Ere temporal de la empresa, un cierre de los centros escolares provocado por la infinidad de aniversarios dispuestos en el calendario o  una huelga de algún medio de transporte puntual.
Los personajes en los parques se convierten en un objeto más del paisaje al que ni siquiera miramos, grupos de personas lejos de la edad de jubilación se abrigan a la misma conversación sobre la falta de trabajo, la política austera o quién ganó en el derbi del pasado fin de semana. Sin embargo todo esto va más allá de nostras miradas, las personas tienen vidas y estas muchas veces están colapsadas de sufrimiento, de ironías de la existencia en la que fueron obsequiados con la abundancia de medios y que ahora, sin motivo aparente, les aqueja el dolor del desempleo, de la pérdida de un idilio apasionado o de la separación familiar por motivos diferentes.
Hay gente que está sola, que se siente desamparada por una vida injusta y a la que nadie se para a mirar ni tan siquiera un momento para darle un poco de lo que carece, compañía. Una simple sonrisa es capaz de alimentar el paso del tiempo más que un pensamiento ocasional de pena esa rara vez en la que nos apiadamos de su soledad en un instantáneo momento, un lapsus fortuito que se pasa tan rápido como llego sin dejar por el camino huella alguna para recordarlo de nuevo.
Soledad, ese es el peor síntoma de ir muriendo poco a poco sin otro medicamento capaz de sanar que no sea la empatía del semejante o el abrigo de una amistad sin complejos. Soledad, maldito mal del siglo XXI que se nos ha venido encima sin mediar palabra y a la que somos incapaces de hacer frente con medios tan simples para alejarla como inoperantes en nuestra conciencia aun teniéndolos tan cerca que ni tan siquiera debemos estirar los brazos.
No podemos dejar que la soledad nos venza y debemos luchar sin cuartel por acabar con ella; la injusticia del desamparo debe ser destruida mediante el compromiso humano con los semejantes, adquiriendo la importancia debida con alegatos a la comprensión, la solidaridad o el simple ofrecimiento de una palabra cariñosa. Los seres humanos envejecemos de manera mucho más acelerada si a nuestro alrededor no hay nadie que nos satisfaga en algo el paso de las horas con su compañía y afecto.
Pero somos nosotros los primeros que debemos poner sobre la mesa las cartas del compromiso, los que tenemos que liderar opciones tan simples como buscar el compañerismo con personas de distinto pensamiento con las que relatar experiencias diferentes o historias pasadas que a la sazón, se han agenciado los años de nuestra vida. Mantener la mente fresca con ejercicios básicos de memoria, no confundiéndolos con añoranzas o sufrimientos del pasado, nos harán convertir los recuerdos en pasajes y episodios que llenen algunos momentos del presente pero sin demasiada tolerancia para no convertirse en una rutina que interrumpa el futuro al que aspirar mañana.
Y es que hay gente que a pesar de una edad todavía no demasiado excesiva se ha quedado en el vacío administrativo del desempleo sin otros medios a su alcance para subsistir que las prestaciones del Estado o el subsidio de sus autonomías respectivas. Esas personas de carne y hueso que sienten y padecen la ignominia de la vida son cebo de una soledad que les acecha constantemente hasta hacerles caer en la apatía, la desazón y desgana; apenas pasan unos meses en los que la compañía de sus amigos, el respeto de la familia y la posición social de la que gozaban desaparece y es entonces cuando el peligro de la soledad se convierte en inseparable compañero.
Los problemas familiares comienzan a salir a flote, la angustia por no poder hacer cosas tan banales como tomar el aperitivo, comprar un pequeño obsequio a los pequeños de la familia o estudiar con esmero el lugar perfecto para pasar una semana de vacaciones ya no es un hecho favorable, ha pasado tan fugaz que ni nos hemos dado cuenta de que ni el carro de la compra diario es factible de ser llenado con provisiones que de forma natural abarrotaban la nevera de nuestro hogar.
Las discusiones se convierten en algo cotidiano, por algo el ser humano es incapaz de razonar convenientemente cuando la afrenta de la injusticia se le viene encima y busca culpables donde antes había amigos. Es ahí cuando los hogares comienzan a derrumbarse y la vida familiar se convierte en un infierno del que nadie se siente culpable y todos son sufridores del mismo mal; las parejas se envuelven con un hilo demasiado frágil y los hijos en víctimas de la misma suerte.
Así en muchas ocasiones aparece el síndrome de la soledad que nos deja sin fuerzas para resistirnos a ingerir adicciones cobardes que solo reniegan de la capacidad de superación del ser humano y tapan con la embriaguez la estupidez y la cobardía de quien no es capaz de superar el momento crítico. Da igual el sexo, la clase social o cualquier otra comparación que atienda a definir cada caso, el mal es el mismo, huir de la realidad a cualquier precio.
En otros casos, la deriva se mantiene más sobria, menos acomplejada pero igual de visible; los amigos ya no son los mismos, la pareja se descompone y tan sólo queda el recuerdo de la felicidad vivida cuando el festín era posible. Es decir, que muchas parejas se desequilibran cuando la economía a la que estaban acostumbrados se va al traste, sin intervenir en nada el amor, ni el cariño, ni tan siquiera el verdadero sentido de todo que nos arrastrará sin piedad a la soledad traicionera.
Sin embargo, hay parejas y familias que se convierten en gallardos luchadores contra la injusticia del desempleo, sabiéndose suficientemente valorados unos por los otros haciendo causa común del momento y saliendo a flote aunque sea a trompicones del mal momento que están pasando. Estos son héroes de la crisis también, victimas de ella pero contrincantes a ultranza que no dejan ni un lado vacío por el que pueda entrar la desesperanza en sus vidas.
Todo es tan presumible de ser cierto, tan fácil de demostrar en la calle que escribir sobre todo esto es como visualizar una fotografía perfecta con la imagen resultante nítida y suficientemente clara como para definir la soledad en un instante. Basta una mirada de reojo a nuestro lado, sin vacilar un momento, esa que nos dirá a las claras que no somos lo buenos que creíamos al negar simplemente un saludo por educación. Si supiéramos que dicho saludo es casi un banquete de dicha a quién se lo hemos ofrecido, tal vez las cosas en este mundo cambiarían de repente, venciendo a la soledad en toda sus formas, haciendo que el amor y el cariño resurgiesen con un simple gesto o acompañando en el banco de la plaza a algún ser humano necesitado de algo más que compasión a distancia.

JASC/Oct-2015
Última modificación en Jueves, 08 Octubre 2015

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