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Mis tardes con Dulce María

Martes, 20 Septiembre 2016 en Salud y Bienestar
Una palabra
solo una palabra
y de pronto la vida se me llenó de luz.
Prólogo
 
En internet hay suficiente información sobre la vida de la poetisa cubana Dulce María Loynaz, nacida en 1902, pero me gustaría contar el comienzo de las charlas que tuve la suerte de mantener con ella en muchos encuentros a lo largo de tres años. Todo comenzó una tarde durante uno de mis vuelos a Cuba cuando, para hacer tiempo hasta la hora de la cena, decidí salir a dar una vuelta. Cómo saber si fueron el azar, mi pasión por la lectura o quizás el destino, que me llevaron hacia aquella librería del centro... Algo mágico, habitual en ciertos rincones de La Habana, flotaba en el aire invitándome a entrar. Entre viejos libros apilados en una mesa, uno solo entre todos ellos me atrajo en especial. Era un pequeño libro de poemas, desgastado, con páginas amarillentas. Lo hojeé rápidamente y leí algunos versos que me entusiasmaron. Se titulaba "Poemas escogidos", pero tuve la sensación de que, verdaderamente, la "escogida" por el libro había sido yo. Con él en la mano, me dirigí al librero.
—Perdone… Me interesa este libro y no conozco a la autora. ¿Podría decirme algo sobre ella?
—¡Claro! –contestó halagado–. ¡Es Premio Nacional de Literatura de Cuba, muy conocida y muy querida en el país! Además, tiene cantidad de títulos y premios en medio mundo.
—¿Ah, sí? –respondí sin disimular mi curiosidad–.
—Sí; y además vive aquí, en El Vedado. ―¡Qué casualidad‖, pensé para mí misma…
—¿Se va a llevar el libro?
—Sí –contesté mientras abría mi bolso–. Y no lo envuelva, por favor.
—Si quiere ir hasta su casa, no queda lejos.
—Pero… ¿usted cree que me recibirá? –pregunté dudosa–.
—No sé, pero ¿por qué no probar? –dijo el librero mientras escribía las señas en un papel–.
—Tome –me lo tendió–. A lo mejor se lo firma.
—Bueno… ¡Ojalá! –dije esperanzada–. ¡Muchas gracias!
—¡No, señora, por nada! ¿No ve que aquí nos conocemos todos? Cosas como esta ocurren únicamente en Cuba y solo quien la haya visitado entenderá de qué hablo.
 
Encuentro
 
Ilusionada con las poesías de Dulce María en mis manos, llegué al sitio indicado. Ahí estaba… Una gran mansión colonial, como salida de un cuento, castigada por el tiempo pero señorial y tentadora. La rodeaba un jardín descuidado, con abundante maleza y árboles altos que la protegían del exterior. Imaginé cómo habría sido antes ese mismo jardín, cuando reinaba en él la vida familiar… Llamé a la puerta y tras una espera que me pareció eterna, una mujer de mediana edad salió a recibirme. Me dijo que Dulce estaba durmiendo la siesta, pero que si volvía más tarde, me recibiría encantada. Así lo hice, sin pensar ni por asomo en lo que me esperaba, aunque algo presentía... La estancia era magnífica. Había una gran escalera de caracol de mármol y madera, muebles de caoba, estatuas de mármol y bronce, finas piezas de porcelana, vitrinas con antiquísimos abanicos, un piano de cola y enormes cuadros bañados por la luz clara que filtraban las ventanas blancas. Vi entrar a Dulce como una pequeña novia vestida de blanco, de rasgos delicados y mirada firme pero cordial. Tenía, en ese entonces, noventa y dos años. Su porte –aun apoyándose para andar en el brazo de la mujer que me había recibido– denotaba elegancia natural.
—Buenas tardes –dijo, afable, la poetisa–.
—Buenas tardes, señora. Gracias por recibirme.
—¿Cómo te llamas? –preguntó–.
—Maribel.
—¿Y el apellido?
—Aguilera –concreté–.
—¿Aguilera?... Ese apellido me suena mucho… Encantada, Maribel. Mira… esta es mi sobrina Mari Carmen, que me cuida y acompaña.
Mari Carmen y yo nos saludamos esta vez con más familiaridad.
 
Dulce comentó de inmediato con agrado:
—Veo que traes mi libro de poesías…
—Sí, acabo de descubrirlo en la librería. He leído allí algunos trocitos de sus poemas y me han encantado. No podía irme de Cuba, de ninguna manera, sin un ejemplar.
—¡Mira qué suerte! Luego te lo dedico. Ven, Maribel, vamos a sentarnos aquí, que este es mi lugar.
Se sentó en una mecedora y yo, junto a ella.
—¿Quieres tomar un café? –me preguntó cómo animándome a aceptarlo–.
—Bueno, gracias, si no es molestia…
—No, ninguna –intervino Mari Carmen–, al contrario. Voy a prepararlo –y nos dejó a solas–.
Dulce, sonriendo, dijo:
—Me alegra muchísimo que me visite una española. ¿Cómo es que estás por aquí?
—Es que soy azafata y de vez en cuando vuelo a La Habana.
—¡Oye, pero qué bueno! Yo siento mucho cariño por España y hasta podría decir que, en buena medida, me considero española. A propósito… ¿qué tal Juanito?
—¿Juanito?… ¿Qué Juanito?... –pregunté desconcertada–.
—¡Pues hija, el rey!, ¿quién va a ser? –respondió con toda naturalidad.
—Pues… verá usted –dije intentando salir airosa de la pregunta–… Yo, desde luego, no le conozco en persona, pero él… bueno, todos sabemos que está muy bien… No sé qué grado de amistad habría entre Dulce y el rey, pero deduje que ella había creado ese mote afectivo para referirse, cariñosamente, a Don Juan Carlos.
—Yo lo conocí en el 93 –continuó–, cuando me entregó el Premio Cervantes 1992. En el rato que hablamos me cayó muy bien. Es muy cercano, muy simpático. Pero en España tuve además otros grandes amigos. Entre ellos, Juan Ramón Jiménez, que en cuanto podía se presentaba aquí de visita.
—¡Qué estupendo, nada menos que él! –exclamé–.
—¡Fíjate cómo no voy a querer a España si, además, me nombraron miembro de la Real Academia Española!
—¿Ah, sí? No lo sabía.
—Fue una gran distinción, pero tampoco hay que olvidar que yo presidía la Academia Cubana de la Lengua desde hacía más de treinta años. Mira, ¿ves ese salón de ahí? – y señaló hacia un costado–. Me giré y lo vi tenuemente iluminado.
—Era la sede de la Academia –continuó Dulce– Y esa mesa larga empezó siendo, primero, la del comedor familiar y con el tiempo, mesa de reuniones de los académicos que acudían a las sesiones. Alejo Carpentier, Juana de Ibarbourou… en fin, muchos otros.
— ¡Qué maravilla! –repuse–.
—Aunque no solo venían escritores consagrados, sino muchos aspirantes a escritores. Creían que, por ser yo la presidenta de la Academia Cubana, me sobrarían papel y pluma para darles.
—¿Por qué? ¿Qué pasaba con el papel y las plumas?
—¡Ah, hija mía, que no se conseguían! Yo hacía todo lo posible por ayudarlos, pero no todo lo que hubiera querido. ¿Te haces una idea de lo triste que es para un escritor no tener ni pluma ni papel?
—Sí… tiene que ser muy deprimente…
—Más de uno tuvo que irse de aquí con las manos vacías.
—¡Hay que ver, Dulce, qué historias encierra esta casa! –suspiré admirada –.
—Ya lo creo… Y no todas han sido alegres, créeme...
—¡Pero aun así es una casa tan bonita! –insistí–.
—Sí, una auténtica reliquia… Llevo viviendo en ella casi toda la vida. Primero vivimos mis padres, mis hermanos y yo en una casona que adoro, en Habana Centro, pero después mi padre compró esta de El Vedado y nos vinimos a vivir aquí.
—Querría usted mucho a su padre, me imagino –me atreví a preguntar–.
—No te puedes imaginar cuánto –respondió ella con una mirada nostálgica–. Fue un hombre muy importante, ¿sabes? Luchó muy duro como General del Ejército Libertador en la Guerra del 95 y fue amigo y asistente de José Martí y de Antonio Maceo.
—Habrán sido épocas políticas muy difíciles, ¿no? –di por sentado–.
—Lamentablemente, Maribel, la política de Cuba ha sido muy difícil en todas las épocas, porque primero se logró la independencia del dominio español, pero luego vino la Revolución Cubana que… sí, de acuerdo, triunfó… pero a mí, personalmente, me afectó bastante. El nuevo régimen, al verme mantener una posición apolítica, me consideró enemiga del proletariado. ¡Solo por pertenecer a la clase social contra la que ellos estaban!... Total, que me negaron todo reconocimiento como escritora y me relegaron al olvido.
—¡Eso fue una injusticia enorme, Dulce!
—Sí, querida, totalmente –dijo casi resignada–. Y aun así… Mira: ¿te gustan esas flores? –y señaló un gran ramo en un jarrón–.
—Sí, son muy bonitas –contesté sorprendida por su abrupto cambio de tema–. Justamente, ya me había fijado antes en ellas.
—Pues me las ha mandado el Comandante.
—… ¿Quién?... ¿Castro?
—¡Claro!
—¡Ah! –exclamé confusa–. ¿Y eso?...
—Bueno, siempre me felicita en mi cumpleaños, cada 10 de diciembre.
—Ah, pues… qué amable, ¿no?, tener ese detalle sabiendo que no comparten ustedes las mismas ideas…
—Bueno, pero también sabe que yo significo mucho en este país al representar a las Letras cubanas en la Academia, así que prefiere tener esas deferencias. Él me manda flores, yo se lo agradezco, nos llevamos bien y… nos respetamos.
—Está bien, pero… qué raro que usted, no siendo partidaria de la revolución ni de las ideas de Castro, se haya quedado en Cuba y no se haya ido a vivir a otro sitio, incluso teniendo familia fuera
Asomó a los ojos de Dulce un brillo de dignidad y contestó con un aire altivo:
—Una hija del general Loynaz del Castillo nunca abandona Cuba. Ni mi padre ni mi madre ni mis hermanos habrían pensado jamás en marcharse. Pero aunque ellos se hubieran ido, yo me hubiera quedado, porque no puedo vivir fuera de este país. Fuera de Cuba… no sé… sería como si algo se me hubiera perdido. Así que, en homenaje a mi padre, aquí estaré mientras viva. Y no creas que no he recibido varias ofertas de España y Estados Unidos, ¿eh? Pero no; nunca abandoné mi país. Se produjo un silencio en el que ambas permanecimos pensando.
—¡Qué increíble! –murmuré–… Me parece mentira estar aquí, Dulce, enterándome de estas cosas… ¿Cómo es posible que en España se sepa tan poco de usted y de todo lo que me ha contado? —Ah, eso es muy cierto, Maribel… –asintió–. ¡Y estoy segura de que ni siquiera se sabe que tuve un marido español!
—¿Español? –repetí desprevenida–.
—Sí, mi segundo marido, Pablo Álvarez de Cañas. Fue mi novio de adolescencia, pero mis padres no lo aprobaban y me obligaron a casarme con mi primo Enrique. Años después, en 1946, me divorcié. Pablo vino para Cuba, nos casamos y nos quedamos a vivir en esta casa. El gran amor de mi vida, fue él…
—¿De qué parte de España era?
—De Tenerife. No sé si eso habrá influido en que Puerto de la Cruz me nombrara "Hija adoptiva"…
 
Mari Carmen volvió con unas preciosas tacitas de porcelana y sirvió el café.
 
Dulce disfrutaba narrándome anécdotas de sus años de abogada, de lo mucho que había viajado por Norteamérica, México, Sudamérica, casi toda Europa, Turquía, Siria, Libia, Palestina, Egipto e Islas Canarias y de los personajes únicos con que se había encontrado.
 
En particular, me llamó la atención la frecuencia con que surgían en la conversación los nombres de "Federico" y "Gabriela".
—Dulce… disculpe, pero… ¿de qué Federico me habla? –pregunté intrigada–.
—¡Pues de Lorca, hija! ¿De quién, si no? —¡Ah, de Lorca!... –no me lo esperaba–. ¿Así que llegó a conocerle?
—¡Claro! ¡Éramos muy amigos!
—¡Qué estupendo, haberle conocido en persona!
—Sí, aunque también te diré que era bastante infantil y un poquito bromista de más, ¿eh?...
—¡Qué me dice!... No me lo puedo imaginar así.
—Pero así era… Muy juguetón y, a veces, ¡hasta me hartaba, la verdad! ¿Sabes lo que hacía? Se escondía detrás de una de esas columnas de ahí atrás y luego se aparecía a mis espaldas y me tiraba del pelo.
—¿García Lorca?... –dije extrañada–.
—El mismo –confirmó ella–.
—¡Quién lo diría! –no pude menos que comentar–.
—Pues ya ves lo que son las cosas, Maribel... Y a mí, que soy una persona muy seria, esas bromitas no me hacían demasiada gracia que digamos, ¿sabes?
—Ajá… ¿Y "Gabriela"? ¿Quién era? –seguí preguntando con un poco de temor a ser indiscreta–.
—Gabriela Mistral. Éramos buenas amigas, aunque no era muy agradable salir con ella. Por un lado, se lamentaba de que nadie la miraba pero, por otro, no era nada coqueta. En cambio, a mí siempre me gustó ir bien vestida. Pero ella no me hacía caso, por más que le insistiera todo el tiempo: ―¡Píntate un poquito los labios, Gabriela; arréglate el pelo!… Nada! Decía que no, que no le interesaba. ¡Era un desastre! Pero tanto a ella como a Federico, yo los quería mucho y ellos a mí. Y no había vez que vinieran a Cuba, que no se quedaran en mi casa. Continuó hablándome de sus hermanos Enrique, Carlos Manuel y Flor, que también habían escrito poesía. En especial, Enrique, que a su juicio la superaba como poeta, pero ella había sido la única de los cuatro realmente empeñada en publicar lo suyo y lograrlo.
—Mis hermanos y yo crecimos rodeados de comodidades, pero muy encerrados –continuó–. Nunca nos mandaron a la escuela; ni pública ni privada. Venían preceptores a enseñarnos a casa y la verdad es que no nos podemos quejar porque, tanto de ellos como de nuestros padres, recibimos una educación exquisita. A mí me une a aquella otra casa, la de mis padres, un cariño muy especial, por los recuerdos, por el ambiente familiar y afectivo que se respiraba en ella y, de hecho, es esa la que suele aflorar en mis poesías.
 
Pero esta también está llena de recuerdos felices de mi matrimonio con Pablo. Me habló de las famosas "juevinas", fiestas que celebraban los jueves en el jardín y a las que invitaban a grandes personalidades del arte y la alta sociedad. Sus padres contrataban músicos importantes para amenizarlas. Era un estilo de vida de ambiente selecto y lujo. Mientras Dulce hablaba, el aire cálido y húmedo del jardín movía las hojas de los árboles y me hacían imaginar las voces de todos aquellos personajes que en su día habían pasado por la casa.
A pesar de lo bien que me encontraba allí, había llegado ya el momento de despedirme y no abusar de la hospitalidad de una anfitriona tan encantadora.
—Dulce, yo no me iría nunca y me da mucha pena tener que hacerlo, pero mis compañeros me están esperando…
—No te preocupes, Maribel, cumple con tus compromisos. ¿Vendrás a visitarme alguna otra vez, no?
—¡Por supuesto! ¡En cuanto me programen otro vuelo!
—Así me gusta. Y oye, no nos vayamos a olvidar de ponerle una dedicatoria al libro.
—¡No, por Dios! Aquí lo tengo –y se lo entregué. Ella escribió algo con mucha dificultad, lo cerró y me lo devolvió–.
—Gracias –le dije mirándola con mucha ternura–. Luego leeré lo que me ha escrito…
—¡Ah!, claro! ¿A solas, no? –rió suavemente, comprendiéndome–. Y alzando un poquito la voz, llamó:
—¡Mari Carmen! ¡Ven, que Maribel se marcha! — ¿Quiere que le traiga algo de España? –le ofrecí, pensando que le haría ilusión–. Sin dudarlo, Dulce respondió:
—Lo que más desearía son papel y bolígrafos para todos los escritores que me los piden y les falta lo más elemental. Me conmovió la modestia de la petición. —De acuerdo, le traeré todos los que pueda –prometí–. Pero además, me encantaría traer algo para usted, algo especial que le guste de España…
—No, no, querida, yo ya soy muy mayor y no quiero nada; estoy aquí todo el día, no voy a ningún lugar… Lo que sí me divierte es que vengas a visitarme cuando puedas, que nos riamos y que charlemos y que me cuentes cosas de España, que a mí me gustan tanto… Porque ¿sabes?, normalmente no recibo visitas. Los únicos que vienen son algunos escritores de la Academia, pero nadie más…
—Entonces, ¿no quiere nada?
—No, gracias, Maribel, de veras, no necesito nada… No obstante su rotunda negativa, adiviné que se había quedado pensando en algo y esperé a ver si se decidía a decírmelo. Mari Carmen entró al salón y se unió a nosotras, justo cuando Dulce decía:
—¡Ah, Maribel!... ¡Espera!... Sí que me gustaría encargarte algo más...
—¡Claro, Dulce, lo que sea!
—Que cuando llegues a Madrid, llames a un antiguo amigo mío y lo saludes de mi parte. Se llama Castelo y es del Diario ABC. Y dirigiéndose a su sobrina, dijo:
—Apúntale el número de Castelo a Maribel, por favor –y volviéndose a mí, añadió–:
—Cuéntale que has estado conmigo y dile que le mando muchos recuerdos.
—No se preocupe; le llamaré lo antes posible.
—Muchas gracias, querida. —No, mil gracias a usted; Dulce –contesté–, por recibirme y darme la oportunidad de conocerla.
—Bueno, bueno… –contestó–. Tú vuelve pronto, amiga mía… Mari Carmen me acompañó a la puerta y aproveché para preguntarle: —¿Tú sabes si hay algo que a ella le pudiese apetecer y que yo pudiera traerle?
—Sí, le gusta mucho el chocolate, pero hace años que no lo prueba porque aquí es difícil conseguirlo.
—Pues ya está; el próximo día que venga, le traigo chocolates.
—¡Ah, no te imaginas cómo los va a disfrutar! –se alegró la sobrina.
—… Perdona que te pregunte algo delicado, Mari Carmen, pero he notado que Dulce no oye demasiado bien…
—Sí, tiene bastante sordera y por eso sienta a las visitas a su derecha, del lado que oye mejor.
—Entiendo…
—Y tampoco ve bien. Tiene cataratas. Pero no pueden operarla.
—¡Qué lástima! – comenté sin atreverme a ahondar en ese asunto–.
—Sí, ya lo creo que lo es –concluyó Mari Carmen–.
Salí de la casa con la sensación de haber vivido un sueño y dispuesta a llevar a cabo los deseos de Dulce María apenas pisara Madrid. Caminé unos metros, me detuve, abrí el libro y leí la dedicatoria:
 
A Maribel, amiga tan lejana en el espacio y tan cercana en el corazón. Dulce María Loynaz. 
La Habana, 1 de marzo 1996.
 
Supe, tal como había sentido al llegar a la casona, que nunca podría olvidar esa experiencia en todo lo que me quedara de vida.
 
Epílogo
 
De vuelta en España, llamé al Diario ABC y pedí que me pasaran con el subdirector, señor José Miguel Santiago Castelo. Se puso al teléfono, le expliqué el motivo de mi llamada y me atendió muy amablemente. Se alegró mucho de los recuerdos que Dulce María le mandaba y acordamos que yo le avisaría cuando viajara a Cuba para que él preparara unos cuatro o cinco ejemplares del ABC más una carta para que yo se los entregara a nuestra amiga. También me pidió mi teléfono para no perder la comunicación y estar al tanto de las fechas de mis viajes. En los siguientes tres años, hasta que Dulce falleció, continuó enviándole periódicos y cartas de vez en cuando. Yo seguí visitándola sin faltar jamás a nuestros encuentros.
 
Acercándose un cumpleaños de Dulce, tuve una idea: llamé a Castelo para proponerle recordarlo en el periódico para más tarde llevárselo a ella y demostrarle que su querida España no la olvidaba. Me sugirió que escribiera unas líneas y las remitiera a Cartas al director, que él las incluiría en la sección. Y así lo hice. La emoción que Dulce sintió al entregarle yo el periódico en mi siguiente viaje y ver publicado este pequeño homenaje, fue enorme.
Señor director: Ya que hoy se cumplen 94 años del nacimiento de Dulce María Loynaz, gran poetisa cubana y Premio Cervantes 1992, me atrevo a rescatar de entres sus poesías, una que dice así: ―Una palabra / solo una palabra / y la vida se me llenó de luz.‖ Mi querida señora: yo también tengo una sola palabra: ¡gracias!, por su talento, amor y dedicación durante tantos y tantos años al enriquecimiento de nuestras letras. Gracias también por habernos llenado la vida de luz a todos los que la queremos y admiramos. Desde Madrid, felicidades hoy y siempre. Maribel Aguilera. Madrid
 
En la segunda visita que hice a la casona de El Vedado, tal como había prometido, llevé papel y bolígrafos. Muchos. En realidad, nunca dejé de llevárselos. Pero además le llevé… ¡varias clases de chocolate! Le faltó tiempo para abrirlos y probar un mordisquito de cada uno, uno tras otro. Daba gusto verla. Parecía una niña pequeña con un juguete nuevo.
 
En algunos viajes llevaba libros suyos comprados en Madrid y en otros, los compraba directamente en La Habana, de tal manera que nunca me volvía con un libro sin autografiar.
 
Como en uno de mis primeros viajes me había enterado de que Dulce no escribía desde tiempo atrás por sus problemas de visión, se me ocurrió consultar a Mari Carmen acerca de llevarle una pequeña grabadora para que le dictara sus poemas. Opinó que se podía intentar, aunque no estaba nada segura de que resultara, ya que ella misma le había ofrecido que se los dictara y no lo había aceptado. Aun así, a la vez siguiente me presenté con la grabadora. Dulce abrió el regalo con expectación, pero cuando vio de qué se trataba, me dijo:
 
—Agradezco muchísimo la gentileza de tu regalo, amiga mía y debes perdonarme, pero hasta en mis tiempos jóvenes siempre me he negado a utilizar una máquina de escribir. No concibo esa forma de trabajar. Para mí, si una poesía no está escrita de mi puño y letra, no es poesía. A lo largo de toda mi vida, mis poemas han pasado del corazón a la pluma y de la pluma al papel… Así de sencillo: corazón, pluma y papel…
 
Dulce María Loynaz Muñoz falleció en su Habana del alma el 27 de abril de 1997, a los noventa y cinco años. Vivirá en la mente de todos los que la hayan conocido en persona o a través de su poesía. Yo agradezco al destino, que me puso en su camino y guardo celosamente esas palabras que escribiera con tanta dificultad al dedicarme sus libros.
 
Cada vez que las leo, me doy cuenta de que contienen su más pura esencia, no solo por lo que dicen sino porque, aunque breves, demuestran la sensibilidad con que supo mirar la vida y trasmitirla a su obra.
 
"Corazón… pluma… papel…"
 
Maribel Aguilera –Agosto de 2016–
Última modificación en Martes, 20 Septiembre 2016

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