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El galeón de Manila, una historia familiar del siglo XVII. 1ª Parte.

Martes, 04 Octubre 2016 en Salud y Bienestar
;i nombre es Gonzalo Nuñez  de Cepeda y  Otermin y nací en la ciudad de Manila, enclave asiático de los dominios de su majestad católica el rey de España. En rigor no nací en esta ciudad sino en la nao que transportaba allí a mi familia desde el virreinato de Nueva España, del que habíamos salido con más pena que gloria al cesar mi pobre padre en su destino de oidor de la Audiencia de la capital mexicana, para incorporarse, por disposición del mismísimo monarca y de su Real Consejo de Indias, a una vacante en la correspondiente institución judicial de la lejana ciudad de Manila. El motivo de este cese fulminante y posterior destino a este exótico lugar nunca llegué a saberlo fielmente, aunque cualquiera que haya conocido a mi padre no se sorprendería demasiado por los comentarios y habladurías que recorrieron la colonia después de nuestra llegada, que explicaban que la razón del fulgurante traslado forzoso, no era otra que un apasionado romance de mi progenitor nada menos que con la esposa del mismísimo virrey de Nueva España. Y es que a pesar de que mi familia era honrada y gozaba de consideración en la administración imperial, aquello había sido, desde luego, picar demasiado alto.
 
Y puesto que aludo a mi familia es obligado hacer un rápido bosquejo revelador de muchas de las cosas que estaban cambiando en la España de entonces.
 
Lo primero que he de decirles es que por mis venas, como por las de tantos españoles, corre sangre judía. Lo destacable no obstante no es el hecho en sí, sino que el mismo había sido objeto de una especial atención por el Santo Oficio en época reciente, más que nada por las ganas que tenía a una mujer excepcional como Teresa de Ávila, la conocida mística con la que estábamos emparentados. Y como ella, mi familia exhibía con igual desparpajo el rancio linaje de los Cepeda castellanos y la inequívoca divisa semítica de un tal Juan Sánchez, mercader de Toledo, castigado en 1485 por prácticas judaicas y obligado a marchar con su familia a Ávila. No obstante ser esto conocido por el Santo Tribunal, mi familia acumuló un amplio palmarés de brillantes servicios en la administración imperial, que alcanza en lo reciente a mi padre y a dos de mis tíos, uno de los cuales, don Carlos Saltor, ha servido como general de las flotas y como tal ha conducido en dos ocasiones la de Nueva España y los Galeones de Tierra Firme, en tanto que el otro, don Jauma de Orfila, fue un destacado capitán de la escuadra de Levante de Martín de Bertendona, una de las que componía la Felicísima Armada, llamada por algunos Armada Invencible, que mandara nuestro señor el rey don Felipe II a castigar la arrogancia de los ingleses en 1588, y en la que encontró un final acorde a su heroica vida. Resulta pues que esta España, tan cerrada y dogmática a juicio de enemigos internos y externos, había introducido y antepuesto mucho antes que otros, el valor del mérito y el sacrificio en el ejercicio de las funciones públicas, lo que junto a su convencimiento casi absoluto en un designio universal al servicio de las cosas de Dios, la hizo grande como ninguna en su época.
 
Volviendo a nuestra llegada a Manila y fuera o no cierto lo que de mi padre se decía como motivo de su cese en México, pagó muy caro el vínculo que allí le anudó a don Antonio de Morga, oidor como él en la Audiencia y lugarteniente general del gobernador de las Filipinas, que arribó a la colonia pocos años después de nuestra llegada.
 
Pero no adelantemos acontecimientos porque lo que había comenzado apenas a decirles es que mi lugar de nacimiento fue, exactamente, y así lo pueden creer, un barco, sin que ello pudiera presuponer el destino que la vida me tenía reservado. En el doloroso trance de mi nacimiento mi madre recibió la asistencia del licenciado Fernando Centenera, boticario del infame villorrio de Acapulco donde había malvivido un tiempo hasta que impelido por un deseo, casi necesidad, de prosperar, embarcó como nosotros en el galeón Santiago que le llevaría a Manila para establecerse a la espera de mayor fortuna. Maese Fernando fue ayudado por varias mujeres que viajaban a bordo, alguna de ellas como doña Ángeles Quintero, dama de indudable calidad. Como calidad tenía mi propia madre, doña Isabela de Otermín, de natural vascongada, donde se decía que todo el mundo era hijodalgo, cosa que si bien no manifiesta en todos los casos sí lo era en el caso de mi madre.
 
Bondadosa y refinada, mi madre fue para nosotros, mi hermana Carmen y yo, la madre y el padre que pronto, por designio divino y con la inestimable ayuda del citado doctor Antonio de Morga, dejaríamos de tener en esta tierra. 
 
Fueron pocos los años en los que vivimos los cuatro juntos en la ciudad de Manila y de ellos conservo tan solo un recuerdo remoto. Mi padre afanado en su nuevo puesto de la Audiencia encontró al parecer tiempo también para afanarse en ciertos lances y negocios que le dieron fama en la colonia y para los que pronto encontraría un compañero inseparable de correrías en el capitán don José Collado de la Guerra, al que nunca un nombre resultó más apropiado a una trayectoria de tan vital intensidad. Cuento estas cosas porque en el recuerdo de los hombres obra lo mismo lo que en verdad llevan a cabo, como las percepciones e imaginarios que los demás se forman y construyen de sus vidas y andanzas.
   
La pérdida de mi padre estuvo asociada a un episodio notable en la historia de la ciudad. Desde que Vasco Núñez de Balboa se asomara al Pacífico, entonces llamado Mar del Sur, en las fechas ya lejanas de 1513, casi ningún extranjero osó entrar en el gran océano sin el permiso del rey de España. Alcanzar por occidente las llamadas Indias Orientales, en las que se encontraba el archipiélago de las Filipinas, solo estuvo al alcance de un puñado de intrépidos marinos, que al desafío de los elementos añadían la audacia de enfrentar, lejos de sus puertos, un territorio hostil en el que no solo no eran bien recibidos sino en el que eran considerados unos vulgares piratas. Los primeros en hacerlo fueron, Francis Drake, Thomas Cavendish y el holandés de nuestras desgracias, Oliver de Noort.
 
Este último se presentó frente a Manila al terminar el año de fin de siglo XVI con dos embarcaciones bien artilladas y la circunstancia a su favor de que los navíos de guerra y guarnición se encontraban fuera de la ciudad para llevar a cabo una expedición punitiva contra los reyezuelos moros de la isla de Mindanao.
 
La ciudad estaba virtualmente indefensa y el pánico se apoderó de Manila. Fue entonces cuando en una decisión harto inexplicable, el gobernador general Tello comisionó al oidor doctor Morga para una defensa “in extremis”, en lugar de hacer la designación de algún experimentado militar de los que no estaba falta la colonia. De Morga, correcto funcionario y buen organizador, aprestó con rapidez dos naos del comercio que se encontraban casualmente en aquel momento en la rada de Cavite, el puerto de Manila. Artilló los barcos con las baterías emplazadas en la Fuerza de Santiago, la más potente fortificación que defendía Manila, llevó pertrechos y municiones a bordo, embarcó las dos compañías disponibles, una de ellas la del Capitán Collado, junto a  voluntarios del somatén de la ciudad, y se hizo alegremente a la mar en busca de una victoria con la que esperaba alcanzar a la vez la gloria y la promoción del rey.  Por supuesto mi padre era parte de aquella entusiasta e improvisada flota que se batió en la que a partir de entonces se conoció como “Jornada del Holandés” o combate de Mariveles.
 
Por cierto que gloria, lo que se dice gloria, no se alcanzó en aquella infausta jornada. El doctor Antonio de Morga, podría ser buen organizador y tal vez buen jurista, pero era también  un pésimo militar de fortuna, y no estuvo a la altura de las circunstancias. Su falta de liderazgo y su inexplicable deserción del mando, rayana en la cobardía, en los momentos en los que el combate estaba más trabado entre su barco el San Diego y la Mauricio, capitana de Oliver de Noort,  produjo el hundimiento del San Diego y la muerte de un elevado número de españoles. Mi padre, y su inseparable amigo el Capitán Collado, encontraron a juicio de los testigos presentes, un bravo final en aquel terrible suceso.
 
No obstante la magnitud de las pérdidas, el sacrificio no fue baldío. Manila se salvó porque el pirata holandés quedó tan maltrecho del encuentro que a duras penas pudo recomponer sus menguadas fuerzas y escapar en su capitana, raudo y veloz,  rumbo a su lejana patria. Sería el tercero en circunnavegar la Tierra. Ahí quedó su gloria.
 
Para nosotros quedó el infinito dolor y el insondable vacío que nos dejó su pérdida. Mi madre nunca volvería a ser la misma. Y es que la conducta de mi padre, a pesar de sus presuntas o probadas infidelidades, era y fue en lo esencial la de un buen esposo y la de un buen padre, y las circunstancias de mi propia vida y lo que me permitió conocer después, hacen que no repruebe su trayectoria ni aún apelando a la más recta moral. No obsta en absoluto para que su muerte nos devolviera a una realidad de lucha por la vida de la que hasta entonces habíamos estado relativamente ausentes.
 
Ello significó para mi madre tomar las riendas de la familia, no del gobierno de las cosas de nuestra casa, algo que hizo desde siempre y con esmero, sino la procura de los recursos necesarios para vivir con el beneficio que le reportó participar en el comercio de la ciudad, y completar así la menguada asignación que por su viudedad le concedió la Corona. Esta fuente de ingresos no era nueva en mi familia, de hecho la disfrutábamos desde nuestra llegada como casi todos los españoles de Manila, pero sí lo fue la dedicación y la eficacia con que la ejerció mi madre, que superó de lejos al rendimiento que de ella habíamos tenido hasta entonces.
 
De modo que desde que murió mi padre y mientras permanecimos en las Filipinas, el sustento familiar dependió año tras año de la actividad de la “Ciudad y el Comercio”, expresión muy utilizada por entonces y que no significaba otra cosa que el dinamismo y la riqueza que traía a la colonia, una y otra vez “El Galeón de Manila”, o “El Galeón de Acapulco, o “La Nao de la China”, que por cualquiera de estas denominaciones se abriría camino entre propios y extraños la leyenda del Galeón.
 
El comercio del Galeón era el centro de una compleja red que suponía de hecho un genuino encuentro de civilizaciones. En él participaban mercaderes chinos y japoneses, así como indochinos e indostanos de las costas de Bengala, Malabar y Coromandel, y de las islas Filipinas, Molucas, Java y Ceilán y muchas otras.
 
Este Galeón, y el viaje que realizaríamos en él hacia Acapulco unos años más tarde, marcarían el curso de mi vida como más adelante me propongo contarles. Paso a paso, pues.
 
                                                                 Continuará...
 
Gonzalo Mérida Ruiz y Antonio Mérida Ramos


Última modificación en Martes, 04 Octubre 2016

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