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Se puede aprender a ser un buen padre

Jueves, 23 Octubre 2014 en Familia

Estás en el quirófano de urgencias de un gran hospital. La cadencia de los acontecimientos que suceden a continuación es tan frenética que te provoca sudores fríos y alguna que otra náusea… Los camilleros entran como una exhalación depositando sobre la mesa de operaciones el cuerpo muy maltrecho de un joven que ha sufrido un terrible accidente de circulación. El equipo médico hormiguea a tu alrededor; sus movimientos son tan vertiginosos como precisos. De pronto todo el mundo está en sus puestos. Un chorro cegador de luz blanca ilumina fantasmagóricamente al cuerpo cuya vida (roja como solo puede serlo una abundante hemorragia) se escurre a ojos vista por los extremos del tablero de operaciones…

– ¿Por qué me miran todos de ese modo? -te preguntas al borde del colapso-. Es como si esperasen que yo (¡que YO!) hiciera algo…

Tus manos entran en tu campo de visión: ¡están ataviadas con guantes quirúrgicos! Ahora te percatas de que también la parte inferior de tu rostro está cubierta por una mascarilla (casi lo agradeces, pues de ese modo nadie puede observar la expresión de estupor que rampa por tu cara). Entonces te das cuenta: todos esperan de ti que intervengas. Y no de cualquier manera, sino de la única posible para impedir lo que parece inevitable…

– Pero yo no dispongo de los conocimientos, ni de las habilidades (ni de las ganas de estar aquí, digámoslo todo) para llevar a cabo la proeza que se espera de mí! -tienes ganas de gritar.

Podrías salir corriendo de allí… De hecho es tu primera reacción, pero algo indefinido te retiene. No sabrías decir con certeza si es el invisible rayo tractor de la multitud de miradas puestas en ti, analizando todos y cada uno de tus movimientos, o una suerte de sentido del deber que te impele a improvisar una respuesta (con la poca sensatez con que la naturaleza dota a los varones como única guía) o una combinación de ambas… El caso es que allí permaneces, como un pasmarote, mientas las constantes vitales del paciente trazan un remolino en torno al desagüe…

Un solo pensamiento, un alarido inaudible, ocupa toda tu mente: ¡yo no debería estar aquí! ¡Yo querría estar en otro sitio… El que fuese menos este! Madrecita qué marrón!!

Pero entonces, ¿qué pintas tú ahí? Algo habrás hecho para formar parte de esta escena, ¿no? Anhelas que sea un truco de tu mente: que todo forme parte de una horrible pesadilla de la que estás a punto de despertar empapado en sudor… Pero no. Tú no despiertas como tampoco lo hará ya el cadáver que yace frente a ti. Pocos sonidos son capaces de traducir la cruda realidad como el agudo pitido del electrocardiograma…

Ahora es cuando crees que voy a tratar de convencerte de que esta situación se puede comparar a las circunstancias de un padre que no está preparado para serlo. ¿Por qué piensas de esa forma, amigo lector? ¿Acaso crees que la escena es comparable? No sé… Si te ha dado esa impresión quizás tengas razón. Lo pensaré…

Pero lo que inicialmente pretendía pintándote este cuadro es que te cuestiones si esta situación verdaderamente tendría sentido en el mundo real. Es decir, si sería moralmente aceptable para el conjunto de la sociedad dejar en manos de una persona carente de formación, conocimientos y vocación de cirujano a alguien cuya vida depende directamente de que ejecute su oficio con precisión milimétrica y pulso firme. ¿Eres capaz de imaginarte el revuelo mediático que se formaría en torno a un caso de negligencia médica semejante? ¿Acaso no provocaría un preocupante debate en todas las capas de la sociedad acerca de cuántos errores en cascada, cuántas incompetencias en otros tantos niveles, se tendrían que haber producido para que tanta fatalidad se hubiese desencadenado?

Lo que realmente deseo que te cuestiones es si es o no factible que una persona crezca y madure con la pretensión de enfrentarse a esas circunstancias extremas y decida conscientemente recibir formación teórica y práctica suficiente como para rescatar de las garras de una muerte segura a ese joven víctima del accidente de tráfico…

Puede que conozcas casos en los que, desafortunadamente, un pariente, un amigo o un conocido haya fallecido en circunstancias similares. Pero no es menos cierto que también todos conocemos casos en los que el paciente moribundo se salva. Y no precisamente por la intercesión de un milagro, sino por los conocimientos, la capacidad y el buen hacer de los profesionales de la sanación en cuyas manos tuvo la gran fortuna de caer.

Y aquí sí (ahora sí) es donde te planteo, amigo lector, la analogía: si a lo largo (y ancho) de la historia hemos sido capaces de enfrentarnos a la enfermedad y a la muerte (al principio con menos éxito pero con la suficiente determinación como para no darnos por vencidos a causa de los reiterados fracasos e ir registrando, clasificando y comparando con otros seres humanos dedicados a esa misma labor los pequeños avances producidos), hasta llegar a este punto en el que somos capaces de realizar lo que en otra época habría sido, sin ninguna duda, interpretado como un acto milagroso…, ¿qué es lo que nos ha obstaculizado, o qué nos ha llevado a considerar que efectuar lo mismo en el ámbito de la paternidad no merece la pena como para que tratemos de hacer el esfuerzo?

Personalmente creo que sí vale mucho la pena tratar de hacer este esfuerzo. Creo sinceramente que si un hombre se lo propone, tiene vocación y se esfuerza consciente y constantemente, puede llegar a adquirir conocimientos teóricos y prácticos como para ser un buen padre. Incluso antes (y esto es lo verdaderamente interesante, novedoso y deseable), como es de esperar en el caso del cirujano, de traer otra vida al mundo. Y espero que sepas ver en esta labor sorda (y puede que por algunos considerada un tanto exhibicionista) un indicio de mi fe. Dedico buena parte de mis días a anotar los avances que consigo en mi labor como padre. Pero soy consciente de que, en este oficio artesanal, tanto o más importante es registrar los errores y tratar de aprender de ellos.

Ahora tan solo aspiro a encontrar en mi caminar a otros que, como yo, estén dispuestos a hacer lo mismo y a “desnudar” esas facetas de la vida de un hombre de las cuales no se ha visto con buenos ojos tradicionalmente hablar o compartir. Pero, ¿de qué otro modo si no podemos aspirar a evolucionar en este ámbito? Desconozco que porcentaje de la población española se dedica a la cirugía, pero estoy completamente seguro de que no llega ni a la décima (quizás ni a la centésima) parte de la población que, por unas u otras razones, decide aportar su carga genética en la gestación de un nuevo ser humano. Los padres partimos con una ventaja enorme con respecto a los médicos cirujanos, y sin embargo, ¡qué poco conocemos de nuestra profesión cuando nos enfrentamos por vez primera a la mesa de operaciones!

¿Alguien es capaz de imaginar en pleno siglo XXI a un fulano que decide meterse a cirujano y que desde el primer día le pongan a operar… Y, ya si eso, con el paso de los días y de los años, ir aprendiendo el oficio? Es más: ¿alguien es capaz de concebir semejante fuerza de voluntad en un individuo (por no hacer mención del sadismo o la psicopatía), como para ver que un paciente tras otro se le van al otro mundo a causa de su incompetencia, y ser capaz de seguir al pie del cañón con la esperanza de alcanzar los conocimientos de los colegas de su profesión cuyas estadísticas son más halagüeñas?

Entonces dime, amigo lector, si tú conoces la respuesta a esta pregunta me martiriza: ¿por qué demonios se sigue permitiendo (en pleno siglo XXI) que jóvenes inmaduros, criados y educados en una sociedad irresponsable basada en el egocentrismo, carentes de conocimientos sobre y de formación en paternidad, sin la más mínima competencia en las habilidades emocionales necesarias como para responsabilizarse de sus propias vidas (mucho menos hacerse cargo de las vidas que dependan de ellos), sigan trayendo hijos al mundo?

¿Acaso salvar vidas es una labor más importante que concebirlas? Si la respuesta a esta cuestión es sí (y al parecer lo es) me veo obligado a preguntar de nuevo por qué… ¿Por qué sí…?

Se me ocurren algunas respuestas… Ninguna muy feliz, por cierto… Algún día, en otra entrada, las compartiré contigo. Hoy, ahora, lo importante es que me cuentes qué opinas tú… Puedes hacerlo aquí o en el Facebook de Padres Borrosos.


¡Muchas gracias por tu atención!

Última modificación en Jueves, 23 Octubre 2014

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