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Rubén Chacón se dedica desde hace más de 15 años a la...
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Peterpanismo a ultranza

Martes, 28 Octubre 2014 en Familia
Los hombres tenemos cierta propensión a confundir la felicidad con el placer. Y te lo dice uno que aún sigue soñando que vuela y vence al capitán Garfio con su espada de madera… Para muchos de nosotros la vida sólo se concibe como una sucesión de momentos divertidos: ¡venga, cuéntame otro chiste, algo que me haga reír, que no me haga pensar! Seguimos a gurúes que nos venden que no sólo tenemos el derecho de ser felices, sino la obligación de serlo. Todos en cierto modo nos hemos vuelto populistas de la felicidad, pero los hombres más que nadie.

Y así me pasa, que cada vez veo más hombres insatisfechos, deprimidos, que viven preguntándose por qué no son felices cuando ya no les falta de nada… Pero que no se han preguntado si la vida es eso que están viviendo o si realmente va de otra cosa. Supongo que lo intuyes, pero por si acaso te lo cuento: existe un márketing de la felicidad que se nutre precisamente de la gente como tú y como yo, insatisfecha con lo que tiene.

Durante los cinco años de mi vida que pasé formándome como publicista en la Facultad de Ciencias de la Informacion de la Universidad Complutense, tuve muchos profesores mediocres. Y fue precisamente el más mediocre de ellos, el más rastrero, quien nos desveló la verdadera naturaleza de la carrera que estábamos estudiando. Recuerdo que lo hizo entre lágrimas, tras confesarnos, que al cabo de muchos años de forrarse a ganar pasta como publicista y relaciones públicas, después de haber vendido a precio de oro ideas recién “paridas” y nada trabajadas, tras muchos años metiéndose para el cuerpo de todo y tirándose a todas las prostitutas que ejercían su profesión en los mejores locales de ambiente donde habitualmente se cerraba el negocio con el cliente, al final de toda una vida engañando sistemáticamente a su esposa con todo bicho viviente y prefiriendo la compañía de cualquiera a la de sus propios hijos, su mujer se estaba muriendo de cáncer y sus vástagos no deseaban verle ni en pintura. De sus labios salió la frase que, a mi juicio, debería grabarse en el frontispicio de toda escuela de publicidad y propaganda, la única que recuerdo de aquellos cinco años y que tantas ocasiones he tenido de corroborar a lo largo de mi profesión: Para vosotros, ¿qué es el márketing?, nos preguntó…

– La técnica que permite averiguar y satisfacer las necesidades de los clientes-, aventuraba el empollón siempre deseoso de quedar bien.

– Un conjunto de herramientas que nos permiten generar necesidades en los clientes para, acto seguido, ofrecerles la solución en forma de producto o servicio-, dejaba caer el subversivo de la clase…

– ¡No tenéis ni puta idea! -aquel catedrático nunca se caracterizó por su saber estar-. El márketing es la ciencia…¡Sí, habéis oído bien, porque es una jodida ciencia…! El márketing es la ciencia de generar frustraciones.

Frustraciones que se venden como necesidades, como tendencias, como trending topics, apelando al quinto peldaño de la Pirámide de Abraham Maslow. “Si no haces esto no te autorrealizas. Si haces aquello otro fijo que no te autorrealizas… En ocasiones, la mejor manera de autorrealizarte es no haciendo nada de nada”. Invocando el Carpe Diem  y el Tempus Fugit se han amasado verdaderas fortunas. Hay incluso un refresco que tú bebes que ha patentado la fórmula secreta de la felicidad. Hasta se arroga el haber creado un instituto de la felicidad, donde la gente acude a pagar por escuchar “conferencias” a través de las cuales, las “mentes más preclaras”, los nuevos chamanes de la autorrealización, nos venden el secreto para una sonrisa permanente, aunque nos duela un huevo la cara de forzarla. “Dientes, dientes… Es lo que les jode”, que diría la otra. Entonces, ¿sonreímos porque somos felices, forzamos la sonrisa para que los demás crean que lo somos, o simplemente lo hacemos por joder…?

Lo quieras ver o no, vivimos en la cultura del juvenismo: ser joven mola y ser viejo es una mierda. Porque sí. Y punto. Y si hay algo en este mundo que es garantía de que vas a dejar de ser joven, eso es ser papá. ¡Si hasta los argentinos (y algunos de por aquí) llaman “viejos” a sus padres! Es lo que yo denomino el Peterpanismo a ultranza. Y este sí que es un dogma de fe.

Pero claro, los del instituto de la felicidad y todos los que chupan rueda haciendo caja a partir de la angustia de una vida carente de significado no te lo van a decir tan explícitamente.  “Si los mensajes han de ser explicados para que se entiendan, entonces no funcionan. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”. Aunque la mente que pergeñó estas y otras máximas de la propaganda se suicidó tras la toma de Berlín por parte de las fuerzas aliadas, sus ideas siguen hoy más vigentes que nunca. Afortunadamente para la humanidad, Joseph Goebbels únicamente disponía de la radio, el cine y desfiles militares de una magnificencia extrema, para llevar a cabo sus propósitos propagandísticos.

En la actualidad todo es susceptible de ser un soporte publicitario: ¡hasta pagamos por llevar la marca de otro! Los que nos dedicamos a esto sabemos que de unos años a esta parte ha vuelto con fuerza una técnica ancestral para vehicular mensajes. Desde la Odisea de Homero hasta los anuncios de Red Bull, todas y cada una de las manifestaciones humanas son susceptibles de portar un mensaje: un desafío a los dioses. Es lo que lingüistas, semióticos y publicistas conocemos como Storytelling. Ese capítulo de tu serie favorita de la HBO, el grupo de música al que sigues, la ropa que te mola, el longboard que te niegas a dejar de usar, esas gafitas de sol tan chulas, los garitos por los que te mueves, el director de cine que te fascina, el libro que lees, el móvil que usas, las apps que te descargas, tu muro de facebook, tu perfil de linkedin, la única ginebra que merece ser vertida en tu gin-tónic con regaliz y jengibre…, ¡hasta tu horóscopo! Todo, todo, todo lo que te rodea relata tu historia. Y esa historia, sí o sí, ha de ser exitosa. Porque si no, ¿para qué tanto esfuerzo…?

Roconozcámoslo: la adquisición y el mantenimiento de todos estos símbolos y signos que cuentan tu historia por ti cuestan un dinerito y, sobre todo, requieren de una inversión de tiempo no menos considerable. Dinerito y tiempo que no te va a sobrar cuando te conviertas en un papá. De ahí que no hace falta ser Francis Fukuyama para deducir -consciente o subconscientemente- que tener un hijo equivale al final de nuestra historia tal como la conocemos. No es de extrañar, pues, que los chicos prefiramos seguir trabajando y sacando más tiempo para el mantenimiento de aquello que más nos gusta hacer y posterguemos sine die adquirir el pasaje de vuelta del País de Nunca Jamás.

No te creas, a las chicas este tema también les afecta, no son inmunes. Lo que ocurre es que, como decía Victor Frankl, “vivir es responder”. Y, cuando a ellas la vida les hace La Pregunta, suelen responder tan afirmativa como consecuentemente. Y, al hacerlo, su existencia adquiere un “para qué” muy definido. ¡Y eso esta guay! Porque cuando tienes la suerte de contar con un leifmotif tan fuerte, siempre vas  a encontrar un cómo. Los que no tenemos un para qué tan claro vamos cambiando de cómos todo el tiempo: cambio de pareja, ahora me hago hipster, cambio de casa, ahora voy de emo, cambio de coche, ahora me meto a budista…

Edith Wharton, autora de La edad de la inocencia, decía que la felicidad es una mariposa que se te posa en el hombro cuando estás en una armoniosa combinación de tu mundo interno con el externo. La felicidad nos alcanza, es inútil perseguirla. Porque al igual que a la mariposa, si tratas de agarrarla, se te escapa y, si la atrapas, lo más seguro es que la espachurres o retires con tus groseros dedos ese polvo mágico de sus alas que tanto necesita para alzar el vuelo.

Somos hijos de una sociedad que desea permanecer en la adolescencia y que olvida que derecho y deber son dos caras de la misma moneda. Y aunque ambas conceptos son igual de importantes, si tengo que elegir, me quedo con la reflexión que hacía la filósofa francesa Simone Weil: primero los deberes, que son hacia los otros y, a partir de ahí, uno puede comenzar a exigir sus derechos. En esta sociedad dirigida por Peters Pan populistas, solemos hacerlo al revés. Y así es muy complicado que la mariposa venga a posarse en nuestro hombro.

Ojo, que no se me malinterprete: yo no estoy diciendo que ser padre sea obligatorio para encontrar nuestro “para qué” o conseguir que la tan deseada lepidóptera venga a posarse en nosotros. Sólo te estoy animando a reflexionar para que seas coherente antes de tomar la decisión irreversible de ser papá. Porque únicamente hay una cosa peor que no conseguir una vida plena y feliz, y es convertirse en un incómodo obstáculo en el camino hacia la felicidad de otras personas.

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Última modificación en Martes, 28 Octubre 2014

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