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Traición a los votantes del cambio

Domingo, 17 Abril 2016 en Política España

Cada vez queda menos tiempo para que las fuerzas políticas que recibieron un mandato de cambio en las elecciones del 20 de diciembre cumplan con su deber. La frustración es el sentimiento predominante entre los más de 15 millones de españoles que votaron contra la continuidad de las políticas del PP y a favor del cambio de Gobierno.

Durante estos cerca de tres meses de espera la ciudadanía ha podido, al menos, comprobar varios hechos. Uno, que el cambio solo es aritméticamente posible mediante un acuerdo transversal que implique a PSOE, Podemos y Ciudadanos. Dos, que la confluencia programática para formar un Gobierno que apueste por la recuperación justa y la regeneración democrática es difícil pero factible. Y tres, que el PSOE ha sido la fuerza de cambio que más empeño ha puesto en alcanzar el acuerdo, mientras que Podemos ha sido su obstáculo más constante.

Asimismo, cada día se afianza la convicción general de que el comportamiento del máximo dirigente de Podemos, Pablo Manuel Iglesias, ha estado guiado desde el primer momento por dos objetivos absolutamente prioritarios: asumir el máximo poder institucional posible y destruir al PSOE. Toda la retórica populista sobre las élites y los menesterosos de la Tierra estuvo siempre al servicio de esta doble finalidad. La posibilidad de hacer uso de la representación adquirida para impulsar reformas progresistas siempre estuvo subordinada al propósito principal del “sorpasso” y el poder.

Cuando Iglesias ha tenido que elegir entre proclamar el cambio o hacer realidad el cambio, ha elegido mantener a Rajoy en el poder. Cuando tuvo que elegir entre protestar contra la LOMCE o pararla con un gobierno de cambio, eligió mantener a Rajoy en el poder. Cuando ha tenido que escoger entre publicitar su “Ley 25 de emergencia social” o hacerla entrar en vigor con un gobierno progresista, ha elegido mantener a Rajoy en el poder. Cuando tuvo la opción de que gobernara Rajoy o gobernara Pedro Sánchez, eligió mantener a Rajoy en el poder. Esta es la verdad de los hechos.

La traición de Iglesias a los votantes del cambio tiene un diario con nueve hitos, al menos, y un desenlace alternativo, que dependerá una vez más de la estrategia adecuada, en su criterio, para cumplir con el propósito inmutable de la “pasokización” del PSOE y la asunción del mayor poder institucional posible. Todos los pasos de este camino apuntan invariablemente al intento de repetir suerte en unas nuevas elecciones.

La propia noche electoral Iglesias desechó públicamente cualquier actitud pactista y mantuvo ante los suyos el discurso de la “remontada”, como si la jornada del 20 de diciembre hubiera sido tan solo el primer peldaño en la rápida conquista de los cielos. De hecho, en aquella jornada mencionó expresamente el referéndum independentista catalán como el antídoto más eficaz frente a cualquier veleidad interna de acordar con el PSOE.

Iglesias hizo después todo lo posible para abortar el acuerdo general por el que un socialista, Patxi López, iba a presidir las Cortes Generales. La excusa fue aquella reivindicación estrambótica y anti-reglamentaria de formar cuatro grupos parlamentarios a partir de una sola candidatura electoral. Una vez solventado el asunto de los cuatro grupos, Iglesias logró forzar otra controversia pública para aplazar cualquier conversación seria sobre la formación del Gobierno del cambio. Esta vez el desacuerdo estaba en la disposición física de los escaños a ocupar por los dirigentes de Podemos.

Cuando se agotó la polémica sobre los escaños y el tiro de cámara, Iglesias ideó un nuevo escollo para obstaculizar cualquier acercamiento con el PSOE. En plena jornada de consultas con el Rey, teatralizó una supuesta oferta de gobierno de coalición, de tal manera que su aceptación resultara del todo imposible. La oferta se realizó a través del Jefe del Estado. El destinatario de la oferta hubo de enterarse de los detalles por los medios de comunicación.

El ofrecimiento detallaba contenidos inaceptables por inconstitucionales (otra vez el referéndum independentista) o por antidemocráticos (el control de jueces y fiscales por parte del ejecutivo). La autoproclamación de Iglesias como vicepresidente plenipotenciario, la designación pública de ministros entre sus propios colaboradores, y la retórica displicente y ofensiva hacia Pedro Sánchez (“tendrá que agradecerme la sonrisa del destino de hacerle presidente”), fueron tan solo el inevitable aderezo marca de la casa.

Cuando bajó el efecto de la indignación general por el teatrillo, Iglesias se negó a aceptar la oferta del candidato Sánchez para formar un equipo negociador y explorar la base programática para un eventual acuerdo. Tan solo accedió a sentarse para hablar de políticas tras la oferta de su aliado Garzón en el llamado “grupo a cuatro”. Por orden de su líder, sin haber resuelto tan siquiera la agenda de la negociación, el equipo de Podemos no tardó ni 24 horas en levantarse de la mesa y proclamar el desacuerdo.

Durante las jornadas de votación de la investidura de Pedro Sánchez, el 2 y el 4 de marzo, Iglesias se esforzó hasta el histrionismo por escenificar un desencuentro con el PSOE que no se justificaba en incompatibilidad programática alguna. Baste recordar el gesto contrariado de su propio portavoz parlamentario, Íñigo Errejón, cuando el líder de Podemos aludió a la “cal viva” como resumen miserable y falaz de las etapas de gobierno socialista en nuestro país.

Lograda la continuidad de Rajoy mediante la pinza PP-Podemos, Iglesias dedicó su esfuerzo a reventar todo atisbo de oposición interna a su estrategia de repetir las elecciones para acercarse al poder y sobrepasar al PSOE. Lo hizo de manera abrupta pero eficaz, destituyendo a su secretario de organización y asumiendo personalmente la cabecera del equipo negociador.

Finalmente llegó el simulacro de negociación “a tres” que tuvo lugar en el Congreso el pasado día 7 de abril. Iglesias acepta aparentemente sentarse con PSOE y Ciudadanos, presenta incluso un papel con 20 supuestas propuestas de “cesión”, pero desautoriza a su propio equipo, dirige en persona la delegación de Podemos y tarda menos de doce horas en desenmascarar su voluntad de ruptura. El líder de Podemos llega al límite del absurdo cuando proclama el desacuerdo sin esperar tan siquiera la respuesta de PSOE y Ciudadanos a su propio documento.

La consulta a “los inscritos” sobre lo que Iglesias llama “el acuerdo Rivera-Sánchez” solo supone el broche final a una estrategia permanente de obstaculización a cualquier acuerdo para hacer realidad el Gobierno del cambio. La diferencia entre la consulta socialista a sus bases y el referéndum de Podemos es significativa: mientras la primera busca el acuerdo que intenta la dirección del PSOE, el segundo ratifica la ruptura que desea Pablo Manuel Iglesias.

El último paso del líder de Podemos en esta trayectoria tramposa estará condicionado por las encuestas. Si las encuestas le van bien, mantendrá la apuesta por las elecciones repetidas. Si las encuestas le van mal, puede que practique una de sus piruetas vistosas y facilite el gobierno del cambio.

Mientras la necesidad y la voluntad de la mayoría de los españoles, incluidos los votantes de Podemos, pasan por cambiar el Gobierno y por poner en marcha cuanto antes un programa de progreso social y regeneración democrática, los objetivos, los intereses y la conducta de Iglesias llevan otro camino. Es lamentable. Y es, cada día, más evidente.


Última modificación en Miércoles, 20 Abril 2016

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